14 de noviembre de 2008

NARRATIVA / Agustín Rozas


MARIPOSA



Es hora de visita en un hospital público. Los parientes y amigos de las enfermas se agolpan en la puerta de la sala común de cardiología ante la espera en silencio, pero nerviosa de las internas.

Suena la chicharra avisando que se puede ingresar. Los saludos, abrazos y besos no dejan ver el rostro de quienes permanecen en cama. Murmullos, risas y carreras dominan toda la escena, por lo bulliciosas.

Nuevamente el sonido, ahora molesto, de la chicharra, anuncia el término del recreo para ellas. Despedidas tristes de algunos familiares, al saber que sus visitadas no experimentan mejoría; alegres los otros, por ver a las suyas en franca recuperación.

Luego, la sala vuelve al movimiento acostumbrado, sólo diferente por el sonar de paquetes y bolsas al ser abiertas, con los regalos y encargos para las hospitalizadas. Todo este barullo es observado por la “viejita” de la cama 19, la que casi sin moverse para no molestar, ve pasar otro día sin ser visitada por persona alguna. Ya no le es doloroso ni siente pena, está acostumbrada. A su marido no lo ve desde hace 20 años o más; de los hijos nunca ha conversado. La solidaridad de las compañeras de sala le ha permitido tener algo de lo que necesita para el aseo diario. Pero, cuando todo se ha calmado, por una ventana entra su diaria y puntual visita alada: una mariposa, la que en zigzagueante vuelo va a posarse en el brazo de la anciana.

El lepidóptero, de llamativos colores amarillo, verde, rojo, azul y violeta, no deja de mirar ni por un instante a la enferma. Día tras día, sin necesidad de chicharras ni autorización llega a acompañarla. Al despedirse (siempre lo hace levantando y moviendo sus patas con rapidez, como si quisiera dedicarle un baile ), la mujer se queda tranquilamente dormida, dibujándose en sus partidos labios una dulce sonrisa de alegría.

Hoy, preocupada al ver pasar las horas en soledad, no repara en que la cumplidora visitante ha llegado. Se detiene tambaleante en el velador dando unos lentos y temblorosos pasos, al tiempo que dificultosamente levanta su pequeña cabeza, vino a darle una última mirada a quien con su presencia alegraba, para luego irse, quizás, sin remordimientos.

La tristeza por la ausencia definitiva de la colorida voladora, hace que su amiga se agrave, y en esta fría mañana, en un intento por salvarle la vida, dos enfermeras reciben la orden de llevarla a la sala de urgencia. Al iniciara el traslado la escuchan llamar con débil voz a su querida voladora; una de ellas dice:

- Mira, la vieja de la 19 quiere una mariposa - .

- No te preocupes, ya está en las últimas. Mejor consíguele una de fierro; así le durará más -, le contesta la otra, al tiempo que lanza una ruidosa carcajada que recorre el estrecho, largo y solitario pasillo hasta, también extinguirse.



Agustín Rozas R.

Publicado en La Mancha número once.

2 comentarios:

lichazul...elisa dijo...

un abracito virtual para agustín
que siempre nos deja reflexionando y cavilando por este pasar humano.

y aunque tuvimos la primicia de escucharle en el taller , una segunda o tercera lectura nos permite ahondar sin duda en tan buen relato.

muakismuakis:-)

Anónimo dijo...

Elisa: Te prometo que, cuando aprenda a valerme en la narrativa, es decir, sepa escribir cuentos y microcuentos (me gustan mucho), tú vas a ser la primera persona que se lo contaré.
Agustín