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28 de julio de 2016

POESÍA / Mario Monasterio Calderón, tres poemas






HOY HE PINTADO TU NOMBRE EN LAS PAREDES



Hoy he pintado tu nombre en las paredes.
No puedo, en verdad, hablarte de este amor,
no puedo, es cierto, encontrarme en tu pupila,
es imposible un pequeño roce de tus manos.
Por eso, fui observando los muros de mi calle
y dejé, como un tesoro, tu nombre allí grabado.

No sé por qué he llegado triste hasta mi casa.
¿Tal vez fue la soledad de la avenida
o quizás lo brumoso de la noche,
o tal vez las siluetas de los árboles lejanos?
¿Puede ser la luz difusa que muere entre las sombras
o tal vez tu nombre cautivo hoy entre mis manos?

Hoy he regresado corriendo hasta mi casa,
he lavado la tiza mojada de mis manos,
sequé con mis dedos nerviosos
una que otra lágrima que corría hasta mis párpados 
y torné la vista para dar una mirada furtiva
a la niebla consumiéndose en la noche
o alguna silueta que pudiera delatar mis pasos.

Cuando las horas de la noche disipen las tinieblas
y retome el astro el mundo cotidiano 
aparecerá tu nombre en cada muro de mi calle,
cinco letras que leerá tu padre,
cinco letras que leerá tu madre
en la calma de la mesa familiar.
Con la habitual indiferencia de tus padres
comentarán que un loco atravesó la calle:
“que mi hija no sabe”, “que la niña no habla”.

Esta noche he escrito tu nombre en las paredes
como un grito del alma, como un suspiro ahogado.
Mis dedos presurosos fueron cómplices fugaces
y he sentido en mis venas
una quietud inmensa,
¡una calma tan grande!
No pensé, ni siquiera, que mañana temprano
tantos labios deletrearan tu nombre.
Yo he corrido a mi casa, fugitivo del alma
y he guardado en mi pecho esta dulce palabra.




MIS OJOS YA NO TE DIBUJAN

Mis ojos ya no te dibujan
ni te diviso en los caminos solitarios.
Ya no existe el café de nuestros encuentros
y la habitación que compartías conmigo
estará en complicidad
con otra pasión.
Lejos de mí, otros brazos
otros besos, otros susurros
otras palabras.
Un paréntesis en esta historia nuestra
que perduraba en medio de temporales.
Tal vez vuelvan un día
tu perfume y tus cabellos
y quizás te quedes junto a mi
una noche de verano.
Este día de soledad se acaba;
al menos hoy,
sé que no volverás.


DESALIENTOS

Me desalientan los muros vacíos,
las palabras comunes y los pensamientos al viento.
Me desalientan los discursos sin fondo,
las sonrisas de hipocresía
y las fotografías solidarias.

Me entusiasman los artistas,
la música y las palabras armoniosas.
Me entusiasma un paisaje en tonos amarillos
y la edición manuscrita
de un poema de amor.

Admiro el encuentro de las almas,
el idioma común de la lucha consecuente,
las manos del pianista
y los que, en medio de la fiesta,
levantan una bandera negra.





Poemas extraídos del  blog: Emociones y Momentos


GALERÍA DE ARTES MARIO MONASTERIO CALDERÓN

5 de octubre de 2008

POESÍA / Mario Monasterio C.





ÍNTIMAMENTE
A mis padres y hermanos (fragmento) .


La casa de mi infancia no tenía espejos,
a la vera del camino barroso
se sostenía en sus años.
Tampoco tenía vidrios,
nada que reflejara el sol.
Nuestra casa, era una casa pobre y pequeña.
De vez en cuando,
los temporales de mi infancia y el viento norte
remecían nuestra débil choza
y provocaban un gran miedo:
el viento quería descuajar los cimientos invisibles
y las húmedas y delgadas paredes vibraban fuertemente...

En torno a las brasas del invierno
contemplábamos el fuego.
Mi padre siempre tenía una historia,
y mi madre, siempre un quehacer escondido.
Nuestra tertulia terminaba en cenizas blancas
y nuestros sueños tenían perfume de ciruelos y yuyos.
Nuestros amaneceres eran miles de pajarillos y mariposas,
y nuestros juegos tempraneros tenían que ver con caracoles,
con el ruido de escarchas y con el viento frío
revoloteando en nuestros cabellos negros.

Mi casa de la infancia no tenía espejos,
no tenía cristales y no tenía reflejos de sol.
Nosotros, un día descubrimos nuestra faz en el agua,
allí, al menos, yo conocí mi rostro y mi sonrisa.
Nosotros éramos hijos del campo,
hijos de la tierra,
nuestra piel era morena y nuestros ojos pequeños.
La gente morena, de ojos pequeños, nunca necesitó espejos.
La casa de mi infancia tenía frente a sí el campo:
una alfombra verde que nos dejó la pubertad
y que nunca más encontraremos,
que ya nunca existirá.


Mario Monasterio Calderón
Publicado en La Mancha once.


Ilustración: Santos Chavez Alister Curinao.

24 de mayo de 2008

MICROCUENTOS / Mario Monasterio


LA INCOMPARABLE CECILIA

Cecilia bajó desde el escenario entre vítores y aplausos. Ante un fervoroso público interpretó lo mejor de su repertorio. El ambiente estaba cálido y revuelto, el público cantaba y reía; cualquier situación era una contagiosa alegría que merecía un brindis con los amigos y las mesas vecinas.
Las luces iluminaron a los asistentes quienes coreaban el nombre de la "Incomparable Cecilia", gritando: ¡otra, otra, otra!
Reclamó su dinero para el taxi y salió apresuradamente del recinto. La calle estaba desierta, una espesa niebla cubría la ciudad. Eran cerca de las tres de la madrugada.
El taxi se detuvo en la esquina del estrecho pasaje de donde bajó nerviosa.
El llanto de su hija pequeña le esperaba en la humilde habitación, estaba enferma hacía días; durante la noche se intensificó la tos.
Se despejó de su peluca, de su traje y se limpió el maquillaje intenso del rostro. Una vez más fue la normal Juana Naranjo, la "Cecilia" del pasaje nueve, una de las mejores "Cecilias" que había en la ciudad.



Mario Monasterio Calderón

Publicado en La mancha Nueve.