22 de mayo de 2014

COMENTARIO / CAUSA DE MUERTE, por Edmundo Moure







CAUSA DE MUERTE




El misterio de la vida nos duele y nos aterroriza de
muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros
                                               como un fantasma sin forma y el alma tiembla con el
                                                               peor de los miedos – el de la encarnación disforme
                                                               del no-ser -… 
Fernando Pessoa


Múltiples son las causas de muerte, comenzando por la más segura e ineluctable de ellas: la decrepitud. Será por eso que mi primer maestro intelectual, don Alfredo Piola, afirmaba que su raíz estaba en el origen mismo de la vida, adhiriéndose así a la opinión unamuniana de que nacemos para morir. Según el ilustre rector de Salamanca, la cuestión fundamental que enfrenta el ser humano es la muerte y la quimérica resolución de su enigma, morigerado por la fe religiosa y la promesa de una existencia más allá de la finitud corporal, panacea articulada y erigida por el desasosiego humano frente al pavoroso misterio del no ser.

Vivimos en una sociedad que procura ocultar la muerte, eludirla a todo trance, maquillarla bajo distintos subterfugios, desde los “parques del recuerdo” hasta las pócimas y emulsiones para detener el natural deterioro del tiempo, pasando por las reparaciones quirúrgicas de la cáscara exterior... Y aunque sesudos físicos, y aun metafísicos de vario jaez, afirmen que el tiempo no existe, que es pura ilusión acotada en los márgenes de este micro espacio universal en que nos ha tocado la suerte –o la providencia- de existir, el espejo y el propio cuerpo desmienten aquellas teorías, al menos para esta forma de existencia, la única que hasta ahora conocemos.

A tales aberraciones de la cultura que nos rige, contribuye el constante paliativo de la estadística, herramienta aritmética que sirve para convencernos que las cosas no son tan malas como parecen, que ahora hay menos de esto y de lo otro, pero mucho más de aquello... La reflexión filosófica sobre las cuestiones esenciales de la condición humana ha sido sustituida por el recurso acomodaticio de las líneas esquemáticas, correspondan éstas a vaivenes de la bolsa de valores o a fluctuaciones de los índices de mortalidad, envejecimiento y supervivencia. La última de las encuestas en boga busca determinar cuáles son los ciudadanos más felices del planeta, si es que los hay en grupo o bloque, como si fuesen miembros de un idílico club de la alegría.

En 1930, ya se sabe, Josip Stalin afirmó, con la convicción irrebatible de su verbo omnipotente, que nunca los rusos habían sido tan dichosos como entonces… Bueno, puede que el oso georgiano se haya referido a los que sobrevivieron a las purgas, al genocidio y al desarraigo masivo de etnias. (Los ucranianos experimentan hoy la tortura viva de aquellos recuerdos históricos, ante los asedios imperiales de la Rusia post moderna y seudo democrática)… Hitler quiso hacer felices, a lo menos, a un millón de germanos, suministrándoles igual número de escarabajos Volkswagen, pero la urgente producción de tanques le impidió cumplir la promesa.

Y claro, no es lo mismo morir de diabetes, por exceso de comida, en las urbes del primer mundo, y aun en ciudades del segundo o tercero, como pudieran ser algunas de Latinoamérica, que fallecer de sed e inanición, o de enfermedades infecciosas –incluyendo el Sida de transmisión sexual- en las exhaustas praderas de África o en las hacinadas ciudades asiáticas. Otra variante posible es la de ser acribillado por narcotraficantes en una urbe mexicana.

El fin inexcusable es el mismo, pero se trataría de vivir mejor dentro de esa arbitraria medición de Cronos, que va desde la epifanía al oficio de difuntos, aunque esta ilusoria calidad diste mucho de ceñirse a los ideales utópicos de una existencia en plenitud de virtudes, como preconizaran los grandes filósofos de la Antigüedad, o similar a la que recomendara, a partir del amor al prójimo, el dulce Nazareno, crucificado por mandantes del Reino de este Mundo.

Entre la virtual maraña de cifras, especulaciones y asertos contradictorios con que se nos bombardea en esta “sociedad de la comunicación”, destacan datos irrefutables, como las principales causas de deceso, atribuidas, en orden de importancia, al tabaquismo, al alcoholismo y al consumo de alimentos de alto contenido graso, y a los diversos tipos de cáncer terminal... No obstante, la producción de tabaco y la venta de cigarrillos sigue siendo excelente negocio, pese a que en las cajetillas se explicite imágenes de atroz realismo, como las encías tumefactas o los alvéolos pulmonares corroídos por la mezcla letal de alquitrán y nicotina, o el patético rostro, semicubierto con una mascarilla de oxígeno, del enfermo que pugna por rescatar el último hálito, arrepintiéndose a destiempo de aquellos instantes de fruición en que dibujaba azules volutas de humo, como si repitiera los bobalicones versos del tango “Fumando espero”.

Son hábitos consagrados por la cultura y aun por la fe; en el caso del vino, bendecido tanto por su vieja exhortación dionisiaca de La Odisea, como por su transformación evangélica en la sangre de Cristo, mediante el sacrificio de la misa; respecto al tabaco, afinidad difundida a partir del descubrimiento de Vasco Núñez de Balboa, el primer fumador en la humosa tradición de occidente, comercializada con eficacia por el emprendedor inglés Walter Raleigh…

Y no nos habíamos referido al opio, estupefaciente servido en fumaderos públicos que contribuyera al enriquecimiento del imperio británico en el siglo XIX y al apogeo victoriano en todos los ámbitos del quehacer humano, incluidos los del arte, sin parar mientes en el deterioro físico y moral ni en la muerte prematura de su abigarrada clientela asiática, y de millares de adictos europeos y aun americanos, algunos de renombre artístico y literario, como Thomas de Quincey, quien escribe en su breve libro “Diario de un inglés consumidor de opio”: Allí me persiguieron durante años fantasmas tan atroces, como los que rodeaban el lecho de Orestes y en algo fui más desgraciado que él, pues el sueño que a todos trae descanso y refrigerio derramó un bálsamo bendito sobre su corazón herido y su cerebro alucinado, y para mí, fue el más amargo de los flagelos…

Y si de fantasmas se trata, cada día se nos amenaza con distintos espectros acechantes... Acabo de escuchar sobre la existencia de uno terrorífico, llamado «furano» (¿acaso hijo de las Furias que sirven a la Parca ?), un compuesto orgánico cancerígeno que se encuentra en muchísimos alimentos elaborados... hasta en las otrora inocentes galletas de agua o de soda, en el pan tostado, en los residuos que dejan en la sartén los huevos revueltos... ¡No hay salud, ciudadanos !

De los trangénicos, mejor ni hablar, porque hay quien asegura que yo mismo soy fruto de una combinación arbitraria y abusiva de genes descarriados... En cuanto a la posibilidad del suicidio, como causa eficiente, me quedo con las reflexiones lúcidas de Albert Camus, que apuesta por la vida. Y es que la muerte acosa y atrae de diversas maneras y nos escruta en los senderos que se bifurcan, tras espejismos elaborados con infinita paciencia. Todo este juego absurdo por evitarla se transforma así en un baile de máscaras que hoy linda en lo grotesco.

Por una parte, las fuerzas productivas se coluden para aniquilar toda existencia en el planeta, en aras de un supuesto progreso, desenfrenado y suicida, porque carece de fines valederos; por otra, los avances de la ciencia, en el ámbito de la salud, y las numerosas instancias ecológicas, pugnan por la preservación de la vida, enfrentándose a corifeos y guardianes del capitalismo salvaje...

En los países con mayor nivel de desarrollo –asimismo en el nuestro-, la expectativa de supervivencia ha crecido en varios años, pero tampoco este incremento cronológico pareciera conllevar el ascenso de la felicidad «media», que también luce rango estadístico.

Otro factor a considerar como causa de muerte efectiva es el odio, que mora en el corazón de los hombres, pudiendo devenir cancerígeno, ulceroso y metastásico... Es cosa de dar vida a su pólvora, con un simple chispazo de muerte, a veces con una mirada de torva inquina, o con el filo de un puñal que se guarda bajo el poncho. (Alguien me susurra en el oído que también hay amores que matan).

Causa significativa de muerte puede ser la fe fundamentalista, como lo afirma este anónimo musulmán que recoge Max Aub en sus Crímenes Ejemplares : -«Es tan sencillo: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos éstos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos ésos que temen a la muerte cuando les prometem la resurrección ? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables!».
Y si nos servimos de la paradoja hasta las últimas consecuencias, diremos que la principal causa de muerte sería la vida misma... Por eso, el poeta Álvaro Cunqueiro escribe su conjuro en un verso elusivo, pero esperanzador: «Procuren un lonxe ou un ningures os camiños onde morrer» (Procuren una lejanía o un lugar inexistente los caminos donde morir). Y el vate así lo escribe, desde la primavera, donde se renace de la consunción invernal, recogiendo el eterno mito de Ofelia:


De quen fuximos? Quizaves, dime, a cinza
non rexeita a garrida mocedade e o sangue?
En abril e maio non hai cinza, dicen.
Fiquemos, amigo, sob das azas de abril.

(¿De quién huimos? Quizá, dime, ¿la ceniza
no rechaza la espléndida mocedad y la sangre?
En abril y mayo no hay ceniza, dicen.
Permanezcamos, amigo, bajo las alas de abril.)

De la muerte no cabe huir, porque desconocemos la fecha y hora de su cita inevitable, sino dejarla pasar en silencio, o verla venir esbozando una sonrisa, como barca y pasaje al puerto que a todos nos aguarda.

 
Edmundo Moure

                                                                         
Página del autor:  http://edmundomoure.webnode.com/



Edmundo Rafael Moure Rojas
nació en Santiago de Chile, el 4 de febrero de 1941, hijo de Cándido Moure Rodríguez, gallego, nacido el 12 de febrero de 1912, en Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Lugo; emigrado a Argentina en diciembre de 1924, y, en abril de 1933, definitivamente, a Chile; y de Fresia Rojas Ramírez, chilena, nacida en Valparaíso, Chile, el 31 de diciembre de 1913, descendiente de extremeños. Moure Rojas posee la doble nacionalidad, chilena y española, desde 1992.