
El piano
Una vez, previo al colonialismo en el ultimo sur del mundo y angosto, bajo las araucarias los últimos indígenas disueltos en el azul profundo como su geografía, escucharon el rumor de inexplicables cantos no de hombres; descubrieron que venían del lugar que estos ariscos y agresivos visitantes ocupaban cuando llegaron con hechizos que mataban a las familias sin mas remedio que la resignación.
Luego de ser descubiertos en su asombro y confusión, fueron invitados, casi arrastrados a ver este espectáculo de la locura en el aire; cuando vieron aquel extraño ser de tres patas como incompleto, dominado por una mujer rubia casi transparente, sin gestos, llegaron a creer que se los echarían encima, algunas indígenas corrieron con sus bebes en los brazos, uno de los ancianos pronosticó que estaban a la entrada de algún averno al que serían empujados por estos hombres, pero las bellas y tristes melodías a ratos los hacían dudar y tranquilizar. Cuando desalojados y reprimidos de preguntas en los ojos fueron acordando juntar a los sabios y hombres fuertes que se sentían aludidos, en 2 días y noches discutiendo, con esas abominables voces de fondo concluyeron que los ariscos hombres habían profanado los restos de algún Dios olvidado y este, a merced de los hombres de corazón de bestia, se encontraba obligado y de entrañas abiertas a expresar como lo hacia sus cantos y todas su voces, la pena y confusión bajo el sufrimiento.
Los últimos sabios acordaron no rescatar a este dios cercenado, ya que, en esta tierra era muy pesado para llegar a su cielo, tenía un idioma indescifrable, carecía de todas las fuerzas de un dios, tampoco sabían que tipo de dios era, para que los hombres de la desgracia le apresaran y torturaran. Tal vez, él los había creado.







