26 de febrero de 2009

COMENTARIO CINE / Bernardo Astudillo


LOS INOCENTES

¿Una de fantasmas?


La relación entre cine y literatura se ha dado desde los albores del Séptimo Arte. Sin una base escrita, es decir, un guión, la imagen es casi imposible. Para dar coherencia a un relato visual se precisa de un argumento, ya sea sobre la base de una idea original o bien de la adaptación de una obra impresa. Sobre estas últimas el cine se ha nutrido abundantemente, para bien o para mal de los escritores. Buenos argumentos no siempre son la base para que una cinta sea de calidad. Generalmente se repite hasta el cansancio esa fórmula de que “el libro era mejor”. Los ejemplos sobran al respecto. Pero, también es cierto que muchos libros han ganado fama luego de haber sido adaptados por el cine, y también los ejemplos sobran. Sólo basta ver La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, para que una obra como la de Anthony Burguess tome vigencia y sea reeditada de tiempo en tiempo, para el placer de los lectores. O bien, obras menores y desconocidas para la gran masa lectora, abran nuevas vertientes para descubrir a escritores olvidados por el público y la crítica. Si bien es cierto que Henry James, el maestro de lo incierto, no necesita presentación alguna, no es menos valedero destacar que la puesta en escena de “Otravuelta de tuerca” hace que la distancia a veces insondable entre lectura e imagen adquiera nuevos sentidos. Jack Clayton, al adaptar “Otra vuelta…” no sólo nos permite acercarnos a la obra de James sino también adentrarnos en un mundo de apariencias donde el lector ha de participar aportando su propia versión de los hechos narrados. Meritoria la realización del guión, donde participó el controvertido escritor norteamericano Truman Capote, logrando lo que para muchos es un desafío: igualar o superar a la obra escrita. El aporte de Clayton es casi un milagro en el sentido de adaptar una obra de muchas lecturas (léase interpretaciones) para que el espectador saque sus propias conclusiones. Lo que en primera impresión es un relato de fantasmas y posesiones del más allá, se transforma paulatinamente en un intrincado buceo en las fantasías reprimidas de su protagonista, Miss Gidden, interpretada magistralmente por una insuperable Deborah Kerr. Si hubiera que descifrar el verdadero sentido que impuso James a su obra, tal vez la versión de “Otra vuelta…”, de Clayton, hubiera logrado ajustarse a los gustos de su autor. La magnífica forma en que Clayton nos propone esta “vuelta de tuerca” donde la medrosa y reprimida Miss Gidden ha de fabricarse una historia de claros atisbos freudianos, apoyado por la imagen en blanco y negro sobrecogedor, nos lleva a la siguiente pregunta: ¿existe en realidad un caso de posesión diabólica o, simplemente, son los miedos y represiones de la protagonista, Miss Gidden, que toman forma humana? Trabajo para el espectador, ya bastante acostumbrado a lo servido en bandeja y sin mensaje escondido. No se trata de involucrarnos en un drama que pertenece sólo a la protagonista, sino que forma parte del juego que propone James y que revalida Clayton con su inquietante versión de la “Otra vuelta…”. Para resumir en breves palabras el argumento, la imagen nos lleva a una casona victoriana a donde llega una institutriz todavía joven para enseñar a dos niños huérfanos que dependen básicamente de un tío solterón y disoluto que sólo quiere que “lo dejen en paz”. Miss Gidden ha de enfrentarse a dos niños de apariencia normal, aparentemente poseídos por los espíritus del antiguo mayordomo y la anterior institutriz, pero que, a medida como avanza el relato, crea un ambiente ambiguo donde Miss Gidden se enfrenta a sus propios fantasmas interiores. Relato de ambiente gótico, sustentado por sólidas actuaciones, que merece verse y reverse, sacar conclusiones y que, mediante una puesta en escena que recuerda a Hitchcock, nos hace vislumbrar el trasfondo de la condición humana en perpetuo conflicto con la ambigüedad de la fantasía y la realidad. Realizada en 1961, Los Inocentes, atrapa por su alto contenido en imágenes, por su mensaje conmovedor y su alto nivel tanto interpretativo como de dirección. Jack Clayton merece, por sólo esta película, incluirse dentro de los directores del siglo XX que logran una perfecta simbiosis entre creación literaria e imagen narrativa digna e intensa, logrando en el espectador la inquietud necesaria para convertir el relato visual en una obra maestra de concisión, donde arte y literatura, atmósfera e imagen, se unen para deleitarnos con una puesta en escena sin precedentes, invariable antecedente para filmes posteriores como Los Otros, de Amenábar, o Sexto Sentido, donde el doble juego de la realidad aparente es sólo un pretexto bien logrado para confundir a los espectadores con una historia que es tiene algo de verdad y algo de ficción, pábulo necesario en toda creación que haga pensar y sentir. Bien por Clayton y bien por la imagen que perdura en un universo tan poco dado a la imaginación.



Bernardo Astudillo
Publicado en La Mancha número seis.