4 de agosto de 2008

NARRATIVA / Bernardo Astudillo


Cutulhu en la Estación Los Héroes
(para los lectores de Necronomicón)

H.P. in memoriam, a 70 años de su muerte aparente.


Acude el sueño a mis párpados, todo nebuloso, mezclándose con las imágenes a las cuales temo, vislumbradas en la penumbra, sugeridas por los rieles y la oscuridad de los túneles, de los rostros que me rodean impávidos, y aquellas sombras, presagios de los malos sueños, comienzan poco a poco a enervar mis sentidos.

Quizás todo se inquiete por la brisa magra del verano, del bochorno de la estación cerrada, y el hálito del ser que se esconde en lo profundo de mi inconsciente onírico. Será él, desde luego, el Innombrable, quien ponga en mí aquellas imágenes que atormentarán mis noches, mi mal despertar y la jornada que cruje como rueda enmohecida hacia el abismo. ¿Cómo describir su presencia pútrida, su ojo maligno vigilando el correr de mis sueños, induciéndome a concluir de mala forma mi existencia terrenal? Ya Al-Alzahred lo había pronosticado en su manuscrito: la bestia iría mermando la voluntad de vida, arrastrando a sus víctimas al suicidio.

Quizás no fuera tarde, pero H. P., el amanuense de las revelaciones del árabe loco, no tenía dudas. En esa guerra entre el mal que viene en medio de las nieblas del sueño, y el bien malamente representado por la cruz cristiana, no había escapatoria. Mi nombre ya pertenecía al Innombrable, ya estaba en la lista de los nombres muertos.

Mi destino estaba sellado; mi vida ya no me pertenecía. Si sólo no hubiera hojeado el libro maldito el día en que los dioses infames lo pusieron en mi camino. Pero no debo sucumbir a la seducción de la recriminación: lo hecho hecho está y no hay modo de invertir los sucesos. Sólo me queda combatir la pesadez de los párpados, entregarme a la meditación mezquina de la supervivencia, de arrebatarle un tramo de vida a la muerte que acecha en la sombra, de aquel ser multiforme que mueve sus tentáculos poderosos, conminándome a seguir su aliento de muchos muertos a un fin que viene de la mano del cuerpo en reposo, augurando una eternidad de tormentos cruentos, telúricamente poseído por el poder avasallador, terrible, del dios que sólo la imagen del sueño puede describir. Pero, hombre al fin y al cabo, cedo a la tentación del abismo, y mis ojos me pierden, se cierran por sí solos, mostrándome la boca abierta de la bestia que me invade con canceroso deleite, y está ahí, esperándome, mientras mi cuerpo cae, ingrávido, a las líneas del ferrocarril urbano que entra en la estación, sellando mi destino con un golpe seco y brutal (…)


Bernardo Astudillo

Publicado en La Mancha número siete.