21 de junio de 2012

LARGA DISTANCIA / Juan Felipe Galindo, desde Colombia




    
 
 
LA TIERRA QUIERE SANGRE

Comentario por Juan Felipe Galindo Márquez


El universo está constituido en esferas, concéntricas de alguna manera, pues toda esfera contiene otra más pequeña y está contenida a su vez en otra mayor. El hombre y la mayoría de seres por él conocidos han habitado esta esfera específica a la que llamamos Tierra. Si reducimos la mirada encontraremos células, núcleos, moléculas, átomos y partículas subatómicas que danzan poseídas por su específica carga eléctrica. De manera análoga, si ampliamos nuestro punto de observación, las esferas se dilatarán y encontraremos galaxias: entes gaseosos, esencias vívidas que habitan el universo y contienen en su plasma soles y planetas.

Que hasta un momento determinado el hombre desconozca estructuras mayores o menores no impone un límite, es solo el estado actual de su conocimiento. Esferas de capas concéntricas, es la conformación presente desde la célula hasta el globo terráqueo. Los humanos siempre buscamos nichos dónde establecer habitáculos. En este planeta habitamos la bóveda formada entre la corteza terrestre y la capa de la atmósfera más próxima a nosotros, es fácil deducir entonces la naturaleza intersticial humana.
La sangre derramada, si es absorbida por la tierra, la alimenta y fortifica, la hace prolífica para el cultivo. Pero si es en el agua disuelta, además de debilitar sus propiedades intrínsecas, se esparce descuidadamente por el globo entero. El flujo de las aguas es una red que conecta ríos y mares, y en su ciclo continuo y eterno conecta también con la bóveda celeste al evaporarse y nutrir las nubes. Sería fácil ignorar el riesgo de tal flujo, alegando su carácter natural y obligatorio, pero debe tenerse en cuenta que existe un orden más sutil, que conjuntamente con los físicos ciclos naturales trabaja para mantener el equilibrio de toda la existencia.



Que los ríos fluyen, los mares azotan y los seres mueren para alimentar la tierra de donde nacerán sus hijos es un hecho; pero, qué decir de la información, de los rumores que, aunque fluyen también en un ciclo natural y orgánico, describen un curso más complejo; nunca se repiten, pues aunque puedan describir un ciclo completo y volver al mismo punto, este ya no será el mismo lugar, ya que en su tránsito el rumor modifica la esencia del lugar transitado, e  incluso el mismo rumor se modifica en su curso pues su naturaleza es siempre cambiante.
Por esto debe dirigirse y curarse el curso que estas informaciones describan. ¿Qué sería de la humanidad si el crimen de un noble hombre no fuera olvidado? o por lo menos resguardado, y llegara a oídos de los dioses una narración alterna de los acontecimientos en la que el noble hombre no cede su vida orgulloso ante el asesino, sino que suplica y pide a los dioses por su vida como no lo hace ni el más vil de los animales. Esto acarrearía la muerte de la humanidad entera (como ha ocurrido ya en sucesivas ocasiones), pues ningún dios quiere conservar la vida de una humanidad ya vencida, abnegada a sus designios, suplicante y arrastrada.
Lo que nos mantiene vivos es nuestra insurrección, nuestras recaídas y blasfemias, nuestro carácter veleidoso e inconstante. Si nuestros dioses nos saben convencidos y piadosos, esto los hace innecesarios, y ante su inminente destrucción nos prefieren destruidos a nosotros que también nos hemos hecho innecesarios.

En momentos claves del devenir cósmico se presenta a alguno de los hombres una información que debe cuidar, corregir su curso, o guardar eternamente (la mejor forma de guardar es olvidar). Si esta información cae en un medio equivocado y fluye en un curso peligroso que llega a boca y oídos de quien no debe, las consecuencias seguro serán terribles. Un ejemplo clásico es el chisme y sus fatales desenlaces.
 Cuando el equilibrio de la información es alterado debe resarcirse por medio de un ritual que invoca lo femenino. Deben abordarse rutas descendentes que conducen a cuevas, intersticios o grutas; estimular un poco las entrañas de la tierra y encontrar allí, entre sus pliegues, el altar a la restauradora deidad femenina. Se le ofrece en tributo un feto contenido en alcohol, la deidad complacida beberá el licor de esencia infantil sazonado, haciéndose veleidosa, antojadiza y ligera, esto la pone en condición y facilita la obtención de sus favores. Sin embargo, dejar las cosas a este punto sería torpe y arriesgado, es arma de doble filo, pues la diosa al no complacer sus antojos se hace furiosa y destructiva, no responsable de sus actos. Por eso la ofrenda debe ser completa, pues el licor estimulante aguza también sus ansias, se le antojara un bocado y deliciosa tragará al infante; entonces, estimulada y satisfecha, se regulan las funciones todas del universo y el orden prosigue.




Juan Felipe Galindo Márquez  - Artista Visual, además escribo: relatos, prosa poética. He escrito para algunos medios impresos y digitales, nacionales y extranjeros.

juanfelipegalindomarquez@gmail.com