Mostrando entradas con la etiqueta comentario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comentario. Mostrar todas las entradas

25 de enero de 2015

COMENTARIO / Mario Cáceres Contreras

Para cimentar una columna de opinión


           
En oportunidades, los columnistas de opinión, pensando que sus atributos personales -muy apoyados en la muralla del ego- les permiten sacar provecho con frecuencia de la falacia argumentativa, olvidan que  su columna nace de las palabras, que bien utilizadas, nos invitan a reflexionar.  Omiten que toda cultura antigua, y en especial, la magia egipcia, proviene de la palabra.  Es tal la relevancia que aquellas culturas le daban a los vocablos, que en sus escritos dicen:  

“…Desde la creación de Ptah, que intuyó, sintió y creó el mundo a través de las palabras que salieron de su boca”.

"…Entonces nació en el corazón y en la lengua de Ptah la imagen de Atum. Grande y magnificado sea Ptah quien legó su gran poder a todos los dioses a y sus kas por la fuerza de su corazón y de su lengua”*.

En cambio estas, mal utilizadas en el lenguaje, nos llaman a disentir, y muchas veces, acompañados de la ira.
   
¿Qué es una falacia?  Según la definición tradicional, la falacia es un argumento que utiliza un mal patrón de razonamiento, que aparenta ser correcto. Y, cuidado que un razonamiento falaz no necesariamente arriba a una conclusión falsa. Las falacias, como expresé anteriormente, se usan frecuentemente en artículos de opinión; para ello utilizando majaderamente la falacia lógica como patrón de razonamiento que siempre, o casi siempre, conduce a un argumento incorrecto.

            Algunos columnistas, con el fin de convencer, olvidan unos de los tesoros más preciados por la humanidad: la Libertad. Esta palabra designa uno de los problemas más arduos de pensamiento filosófico occidental. Designa ese poder inminente al sujeto que puede definirse como la capacidad de decidirse o auto determinarse. La libertad de conciencia o de pensamiento, permite manifestar las propias opiniones, especialmente las religiosas, defenderlas y propagarlas.

 En este complejo cuadro se pueden distinguir  dos grandes líneas de reflexión. Por un lado están los pensadores deterministas que niegan la libertad humana porque consideran que todo resulta de un conjunto de estructuras intrínsecas y extrínsecas que impiden  cualquier acto libre. Piensan que el ser humano es concebido como resultado de una suma de variables y determinaciones previas, en donde no interviene la voluntad. En cambio, otros pensadores (concuerdo con ellos) esgrimen la tesis del ser humano como un ser libre, aunque no en forma absoluta, sino arraigada a circunstancias de tipo biológico, religioso y cultural. Esto es, el hombre puede decidir dentro de un abanico de posibilidades, y construir un proyecto para su existencia. Y recuerdo “La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, de 1789” que establece y plantea específicamente que la Libertad consiste en poder hacer todo lo que no daña a los demás. Hemos definido sobre la libertad humana, de ese dominio que ha de tener el individuo sobre sí mismo. No obstante, no hemos insistido en la necesaria responsabilidad que esa Libertad con lleva.
   
Y, sobre la libertad religiosa, podemos explayarnos largamente en como vemos al Dios único en las religiones, judías cristianas, musulmanas, el pensamiento de la India, y otros pensamientos. En todas ellas aparece la Fe: creencia no basada en argumentos racionales.

Para los católicos la Fe es la realidad anticipada de lo que esperamos. El motivo formal de la Fe es la autoridad de Dios, que constituye una evidencia extrínseca de la verdad, mientras que la ciencia exige una verdad intrínseca de las cosas. Todas las religiones y creencias religiosas  llaman con clarinadas fuertes al Respeto, Y perdonamos a los hombres de “mala fe”. Esos que actúan con malicia, doblez y alevosía. Porque el Respeto, es el sentimiento que lleva a reconocer los derechos, dignidades, decoro de una persona y se debe abstenerse de ofenderlos.
   
A los creyentes nos distingue y siempre nos ilumina la luz de la esperanza, e intentamos alejar la negatividad de nuestras vidas. La Esperanza, virtud teologal por la cual deseamos a Dios como nuestro supremo bien y esperamos con firme confianza que Él, por su infinita bondad y poder, nos dará la eterna felicidad en la vida futura y en esta vida la gracia necesaria para llegar a esa felicidad. Damos gracias por lo que nos ha dado, por lo que nos da y por lo que nos tiene deparado.





Póker de Divas

El croupier Respeto ha distribuido las cartas.

Falacia, la hermosa, deslumbra con sonrisas.
Observa la mano de póker: tres reyes y dos ases ganadores.

La Verdad, al filo de un atisbo, inquieta
y ante sus ojos, escala de tréboles en color.

Libertad, nerviosa, dos cambios solicita
tríos de nueves esperan
tal vez, otro nueve o un joker.

La Fe, un comodín y abanico discordante
ríe, porque cuatro cambios necesita con urgencia.

El juego se detiene en pausa sospechosa
todas miran a Esperanza que baila y canta en torno a ellas:

“Soy la espada en la oscuridad,
soy la vigilante del muro
soy el fuego que arde contra el frío
soy la espada en la oscuridad”

Y el aprendiz de pintor
esboza la escena con deleite.


   


Mario Alfredo Cáceres Contreras


22 de mayo de 2014

COMENTARIO / CAUSA DE MUERTE, por Edmundo Moure







CAUSA DE MUERTE




El misterio de la vida nos duele y nos aterroriza de
muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros
                                               como un fantasma sin forma y el alma tiembla con el
                                                               peor de los miedos – el de la encarnación disforme
                                                               del no-ser -… 
Fernando Pessoa


Múltiples son las causas de muerte, comenzando por la más segura e ineluctable de ellas: la decrepitud. Será por eso que mi primer maestro intelectual, don Alfredo Piola, afirmaba que su raíz estaba en el origen mismo de la vida, adhiriéndose así a la opinión unamuniana de que nacemos para morir. Según el ilustre rector de Salamanca, la cuestión fundamental que enfrenta el ser humano es la muerte y la quimérica resolución de su enigma, morigerado por la fe religiosa y la promesa de una existencia más allá de la finitud corporal, panacea articulada y erigida por el desasosiego humano frente al pavoroso misterio del no ser.

Vivimos en una sociedad que procura ocultar la muerte, eludirla a todo trance, maquillarla bajo distintos subterfugios, desde los “parques del recuerdo” hasta las pócimas y emulsiones para detener el natural deterioro del tiempo, pasando por las reparaciones quirúrgicas de la cáscara exterior... Y aunque sesudos físicos, y aun metafísicos de vario jaez, afirmen que el tiempo no existe, que es pura ilusión acotada en los márgenes de este micro espacio universal en que nos ha tocado la suerte –o la providencia- de existir, el espejo y el propio cuerpo desmienten aquellas teorías, al menos para esta forma de existencia, la única que hasta ahora conocemos.

A tales aberraciones de la cultura que nos rige, contribuye el constante paliativo de la estadística, herramienta aritmética que sirve para convencernos que las cosas no son tan malas como parecen, que ahora hay menos de esto y de lo otro, pero mucho más de aquello... La reflexión filosófica sobre las cuestiones esenciales de la condición humana ha sido sustituida por el recurso acomodaticio de las líneas esquemáticas, correspondan éstas a vaivenes de la bolsa de valores o a fluctuaciones de los índices de mortalidad, envejecimiento y supervivencia. La última de las encuestas en boga busca determinar cuáles son los ciudadanos más felices del planeta, si es que los hay en grupo o bloque, como si fuesen miembros de un idílico club de la alegría.

En 1930, ya se sabe, Josip Stalin afirmó, con la convicción irrebatible de su verbo omnipotente, que nunca los rusos habían sido tan dichosos como entonces… Bueno, puede que el oso georgiano se haya referido a los que sobrevivieron a las purgas, al genocidio y al desarraigo masivo de etnias. (Los ucranianos experimentan hoy la tortura viva de aquellos recuerdos históricos, ante los asedios imperiales de la Rusia post moderna y seudo democrática)… Hitler quiso hacer felices, a lo menos, a un millón de germanos, suministrándoles igual número de escarabajos Volkswagen, pero la urgente producción de tanques le impidió cumplir la promesa.

Y claro, no es lo mismo morir de diabetes, por exceso de comida, en las urbes del primer mundo, y aun en ciudades del segundo o tercero, como pudieran ser algunas de Latinoamérica, que fallecer de sed e inanición, o de enfermedades infecciosas –incluyendo el Sida de transmisión sexual- en las exhaustas praderas de África o en las hacinadas ciudades asiáticas. Otra variante posible es la de ser acribillado por narcotraficantes en una urbe mexicana.

El fin inexcusable es el mismo, pero se trataría de vivir mejor dentro de esa arbitraria medición de Cronos, que va desde la epifanía al oficio de difuntos, aunque esta ilusoria calidad diste mucho de ceñirse a los ideales utópicos de una existencia en plenitud de virtudes, como preconizaran los grandes filósofos de la Antigüedad, o similar a la que recomendara, a partir del amor al prójimo, el dulce Nazareno, crucificado por mandantes del Reino de este Mundo.

Entre la virtual maraña de cifras, especulaciones y asertos contradictorios con que se nos bombardea en esta “sociedad de la comunicación”, destacan datos irrefutables, como las principales causas de deceso, atribuidas, en orden de importancia, al tabaquismo, al alcoholismo y al consumo de alimentos de alto contenido graso, y a los diversos tipos de cáncer terminal... No obstante, la producción de tabaco y la venta de cigarrillos sigue siendo excelente negocio, pese a que en las cajetillas se explicite imágenes de atroz realismo, como las encías tumefactas o los alvéolos pulmonares corroídos por la mezcla letal de alquitrán y nicotina, o el patético rostro, semicubierto con una mascarilla de oxígeno, del enfermo que pugna por rescatar el último hálito, arrepintiéndose a destiempo de aquellos instantes de fruición en que dibujaba azules volutas de humo, como si repitiera los bobalicones versos del tango “Fumando espero”.

Son hábitos consagrados por la cultura y aun por la fe; en el caso del vino, bendecido tanto por su vieja exhortación dionisiaca de La Odisea, como por su transformación evangélica en la sangre de Cristo, mediante el sacrificio de la misa; respecto al tabaco, afinidad difundida a partir del descubrimiento de Vasco Núñez de Balboa, el primer fumador en la humosa tradición de occidente, comercializada con eficacia por el emprendedor inglés Walter Raleigh…

Y no nos habíamos referido al opio, estupefaciente servido en fumaderos públicos que contribuyera al enriquecimiento del imperio británico en el siglo XIX y al apogeo victoriano en todos los ámbitos del quehacer humano, incluidos los del arte, sin parar mientes en el deterioro físico y moral ni en la muerte prematura de su abigarrada clientela asiática, y de millares de adictos europeos y aun americanos, algunos de renombre artístico y literario, como Thomas de Quincey, quien escribe en su breve libro “Diario de un inglés consumidor de opio”: Allí me persiguieron durante años fantasmas tan atroces, como los que rodeaban el lecho de Orestes y en algo fui más desgraciado que él, pues el sueño que a todos trae descanso y refrigerio derramó un bálsamo bendito sobre su corazón herido y su cerebro alucinado, y para mí, fue el más amargo de los flagelos…

Y si de fantasmas se trata, cada día se nos amenaza con distintos espectros acechantes... Acabo de escuchar sobre la existencia de uno terrorífico, llamado «furano» (¿acaso hijo de las Furias que sirven a la Parca ?), un compuesto orgánico cancerígeno que se encuentra en muchísimos alimentos elaborados... hasta en las otrora inocentes galletas de agua o de soda, en el pan tostado, en los residuos que dejan en la sartén los huevos revueltos... ¡No hay salud, ciudadanos !

De los trangénicos, mejor ni hablar, porque hay quien asegura que yo mismo soy fruto de una combinación arbitraria y abusiva de genes descarriados... En cuanto a la posibilidad del suicidio, como causa eficiente, me quedo con las reflexiones lúcidas de Albert Camus, que apuesta por la vida. Y es que la muerte acosa y atrae de diversas maneras y nos escruta en los senderos que se bifurcan, tras espejismos elaborados con infinita paciencia. Todo este juego absurdo por evitarla se transforma así en un baile de máscaras que hoy linda en lo grotesco.

Por una parte, las fuerzas productivas se coluden para aniquilar toda existencia en el planeta, en aras de un supuesto progreso, desenfrenado y suicida, porque carece de fines valederos; por otra, los avances de la ciencia, en el ámbito de la salud, y las numerosas instancias ecológicas, pugnan por la preservación de la vida, enfrentándose a corifeos y guardianes del capitalismo salvaje...

En los países con mayor nivel de desarrollo –asimismo en el nuestro-, la expectativa de supervivencia ha crecido en varios años, pero tampoco este incremento cronológico pareciera conllevar el ascenso de la felicidad «media», que también luce rango estadístico.

Otro factor a considerar como causa de muerte efectiva es el odio, que mora en el corazón de los hombres, pudiendo devenir cancerígeno, ulceroso y metastásico... Es cosa de dar vida a su pólvora, con un simple chispazo de muerte, a veces con una mirada de torva inquina, o con el filo de un puñal que se guarda bajo el poncho. (Alguien me susurra en el oído que también hay amores que matan).

Causa significativa de muerte puede ser la fe fundamentalista, como lo afirma este anónimo musulmán que recoge Max Aub en sus Crímenes Ejemplares : -«Es tan sencillo: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos éstos que dudan de la palabra de su Dios? ¿Cristianos ésos que temen a la muerte cuando les prometem la resurrección ? Lo mejor es acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables!».
Y si nos servimos de la paradoja hasta las últimas consecuencias, diremos que la principal causa de muerte sería la vida misma... Por eso, el poeta Álvaro Cunqueiro escribe su conjuro en un verso elusivo, pero esperanzador: «Procuren un lonxe ou un ningures os camiños onde morrer» (Procuren una lejanía o un lugar inexistente los caminos donde morir). Y el vate así lo escribe, desde la primavera, donde se renace de la consunción invernal, recogiendo el eterno mito de Ofelia:


De quen fuximos? Quizaves, dime, a cinza
non rexeita a garrida mocedade e o sangue?
En abril e maio non hai cinza, dicen.
Fiquemos, amigo, sob das azas de abril.

(¿De quién huimos? Quizá, dime, ¿la ceniza
no rechaza la espléndida mocedad y la sangre?
En abril y mayo no hay ceniza, dicen.
Permanezcamos, amigo, bajo las alas de abril.)

De la muerte no cabe huir, porque desconocemos la fecha y hora de su cita inevitable, sino dejarla pasar en silencio, o verla venir esbozando una sonrisa, como barca y pasaje al puerto que a todos nos aguarda.

 
Edmundo Moure

                                                                         
Página del autor:  http://edmundomoure.webnode.com/



Edmundo Rafael Moure Rojas
nació en Santiago de Chile, el 4 de febrero de 1941, hijo de Cándido Moure Rodríguez, gallego, nacido el 12 de febrero de 1912, en Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Lugo; emigrado a Argentina en diciembre de 1924, y, en abril de 1933, definitivamente, a Chile; y de Fresia Rojas Ramírez, chilena, nacida en Valparaíso, Chile, el 31 de diciembre de 1913, descendiente de extremeños. Moure Rojas posee la doble nacionalidad, chilena y española, desde 1992.


25 de febrero de 2014

COMENTARIO / por Carlos Amador Marchant


¿Qué ocurre con los poetas chilenos de la generación del 20?

 

 

Por Carlos Amador Marchant


En más de una ocasión Jorge Teillier manifestó que al paso del tiempo han sido muchos los poetas significativos que quedan silenciados mientras otros así no catalogados van ocupando sistemáticamente esos espacios. El rescate de éstos, sin embargo, llega en su momento, o mejor dicho, la mano de la verdad siempre asoma en la vida de los humanos.

De la Generación del 20, fueron varios los poetas y prosistas chilenos que quedaron aislados en el tiempo y sus nombres, más ahora que la tecnología ha permitido el afloramiento de cientos y cientos de artistas de la palabra, a veces parecen estar recluidos en celdas impenetrables por donde el interés de los lectores escasamente llega. Es posible que también haya influido en esto la vida agitada de los comienzos del siglo 20, la mundana, el desorden existencial entre ellos y la unificación al sufrimiento y la soledad. Por otro lado, si bien es cierto ya había fallecido prematuramente otro de los inmortales como Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), y el apego y desapego a las normas estilísticas muchas veces juegan mala pasada. Lo concreto es que este grupo hasta nuestros días es más conocido como “El grupo de Neruda” o bien como lo denominara el poeta Pablo de Rokha: “La banda negra”, haciendo alusión punzante a este parnaso que se reunía en cafetines y bares. “Poesía hecha de sentimientos, no de razonamientos”, expresa en una crónica Teillier. Estos fueron los poetas que se formaron en las primeras Fiestas de la Primavera, siempre unidos a la Universidad de Chile y su Federación de Estudiantes y al mismo tiempo en aquellas revistas de época como Juventud y Claridad.

De acuerdo a estadísticas casi la mayoría de ellos tuvo corta vida y sus obras no lograron consolidarse, pero unido a esto la desilusión circundante y la vida trágica gatillaron fuerte. Se trató de una generación complicada. Baste para esto citar a dos poetas: Alberto Valdivia (El Cadáver Valdivia) y Joaquín Cifuentes Sepúlveda (El Ratón Agudo). Pero hubo más en esta lista: Alberto Rojas Jiménez, Romeo Murga, Víctor Barberis, Rubén Azocar, Raimundo Echevarría Larrazábal, Juan Egaña, Armando Ulloa, Oscar Sepúlveda, Alejandro Galaz, entre varios otros; lista interesante para comenzar a estudiar y reactualizarla.

Tenemos ante nosotros a un grupo de hombres, de creadores que entraron en el olvido, salvo algunos estudios tímidos que empiezan a aparecer en improvisadas publicaciones o en diarios de varios años atrás. Pero todo queda ahí, en el intento, y todavía no se comienza a ejecutar un trabajo serio sobre estos poetas.
Joaquín Cifuentes Sepúlveda estuvo en esta tierra sólo 29 años y lo vivió todo, hasta la cárcel, que al decir de muchos de sus pares correspondió a un encarcelamiento injusto. Poeta nacido en la región del Maule fue tal vez uno de los más cercanos a Pablo Neruda, incluso al libro “Crepusculario” del Nobel de Literatura, se le dictaminan muchos acercamientos al estilo de “El Ratón Agudo”.

Vida allegada al sufrimiento y al desamparo, Cifuentes Sepúlveda terminó sus días en Argentina. El recientemente fallecido Premio Nacional de Literatura 2002, Volodia Teitelboim (fallecido el 2008), en su libro “Neruda” editado por Sudamericana en el 2003 (Página 117), retrata a este poeta en una forma más cruel que con deseos de rescatarlo del aislamiento: “Es un maestro de la cantina, un rey de la blasfemia, el que imparte a sus discípulos, como un apóstol del vino, las llamadas enseñanzas de la hombría criolla. El hombre ha nacido para tomar, para fornicar, para desafiar lo establecido. Tenía algo de anarquista primitivo. No dibujaba claramente la frontera que lo separaba del hampa. Era el predicador de una terrible y envolvente hermandad. Manejaba el lenguaje flamígero. Era el bardo del verbo insultante. El sucesor de todos los mal hablados de la historia, un fuera de la ley manejador de cuchillos y de frases como relámpagos, un semianalfabeto que tenía la sabiduría que viene de abajo cuando ésta se traduce en negación individualista, salvaje y sin destino”.

Pero Neruda hace, sin embargo, de su amigo una defensa férrea en los momentos en que está recluido: “Joaquín Cifuentes Sepúlveda….su sólo nombre es un verso”. Más aun, en su obra póstuma rescatada por el verdadero amor de Cifuentes (en Argentina) “El Adolescente Sensual” prologado por Jorge González Bastías, en el poema denominado “Ausencia de Joaquín”, el Nobel de Literatura dice: “Desde ahora, como una partida verificada lejos,/en funerales estaciones de humo o solitarios malecones,/desde ahora lo veo precipitándose en su muerte,/y detrás de él siento cerrarse los días del tiempo".

Andrés Sabella, por su parte, dice de Cifuentes Sepúlveda: “Hombre armonioso, tuvo el don de cambiar de lugar a las estrellas y reemplazarlas por rubíes calientes; hombre con vocación de fuego, su poesía creció lo mismo que una garra de azufre contra las cosas. Era, entre nosotros, el esposo de la soledad y nadie podía disputárselo…”

El poeta nació en San Clemente, en Talca en 1900 y a temprana edad emigró a Santiago. Curiosamente desde el año 1920 al 22 publicó cuatro de los cinco libros que se le conocen: “Letanías del dolor”, “Esta es mi sangre”, “Noches” y “La Torre”. En su corta vida el poeta viajó por distintos lugares de Chile hasta desembocar, luego de salir de prisión, en el vecino país de Argentina, lugar donde conoció a su amada quien le publicó junto a otros amigos el libro póstumo “El Adolescente Sensual”.

Se concuerda en que, al paso de los años, comienzan a redescubrir a este poeta de mirada callada y temeraria. Sus versos, tal vez bañados de un romanticismo lejano, lo retratan en su sensibilidad. Está vivo, y en sus andanzas no sólo nos dejó el legado de las tragedias, depresiones y del amor verdadero, sino también la posesión de ser y caminar como poeta Ochenta  años después de la muerte de Cifuentes Sepúlveda, que es más de una vida generacional en Chile, y aunque los libros de él no se encuentran en librería alguna, lo único que hemos buscado es estrechar la mano de este creador del Maule, y por qué no decirlo, caminar y auscultar las huellas por donde anduvo entregando su voz, las amargas noches y la esperanza de reencontrarse con la vida, después de la muerte.


Viernes, diciembre 04, 2009


Biografía del autor: 

 Páginas del autor:

8 de octubre de 2013

COMENTARIO / Patricio Alfonso U.




CON LOVECRAFT EN LOS ESPACIOS DEL MIEDO



Se podría consignar que el horror lovecraftiano es en buena medida un horror arquitectónico. Dan cuenta de ello tanto la ciudad de errónea geometría que emerge impíamente del mar en La Llamada de Cthulhu  como las casas leprosas de los callejones de New England, donde se guarecen espantos sin nombre. Para  que mencionar The Nameless City, donde el tema es precisamente una urbe ajena a cualquier patrón humano.  Ahora bien, esta impronta arquitectónica del horror va unida por una parte a la sombra del pasado, se trate del pasado inmemorial del que emergen monstruos y dioses de pesadilla o de la simple vetustez de casas y lugares de El Ceremonial . Se podría decir entonces que lo que inspira el horror en Lovecraft es lo malsano de la decadencia, los cuerpos en descomposición, lo antiguo como signo de muerte y aniquilación; se podría proclamar el parentesco del escritor de Providence con Poe, con ese Poe que escribió Valdemar y La Caída de la Casa Usher, el cuerpo en ruinas y la mansión acabada como enseña o metáfora del cuerpo en ruinas. Se podría, y no faltan razones para ello. Pero tal vez las cosas no son tan simples,  no solo porque ese mismo Lovecraft albergaba también como hombre una mentalidad que ha sido motejada de “reaccionaria” y “antimoderna”, una mentalidad vuelta, como la de Novalis, hacia la medianoche de lo pretérito, sino porque esa mentalidad – y no podría ser de otra forma -  queda asimismo retratada en sus escritos. Léase, por ejemplo, un cuento como Él, fiel reflejo del traumático período que nuestro autor pasó en Nueva York, y se verá como el horror se encarna en toda su impiedad, no en las sombras y casas vetustas del ayer, sino en las dantescas y aplastantes  torres de la modernidad que han venido a reemplazarlas. Y su impiedad está dada fundamentalmente por el hecho de que han venido a reemplazarlas, demostrando su condición maligna en algo que me siento inclinado a calificar como una brutal “falta de respeto”. Lo moderno es para “este” Lovecraft  (indisolublemente unido al “otro”) epítome de destrucción, de avasallamiento de un mundo para reemplazarlo por otro que en realidad es un in-mundo, algo abominable. Es probable que este sentimiento lovecraftiano (o que esta parte del sentimiento lovecraftiano) pueda hoy sentirlo cualquier ciudadano de Santiago de Chile al caminar por esos hermosos barrios antiguos que las inmobiliarias en contubernio con la autoridad ignorante o inescrupulosa  están destruyendo ahora mismo. Quien contemple las siluetas amenazantes de esas torres, no tan distintas de las imaginadas por Lovecraft en Él, cerniéndose sobre el borde de las antiguas casas en Ñuñoa o en nuestro casco poniente podrá entender también como la modernidad, y muy en especial la modernidad arquitectónica, puede ser una forma del mal.


Esta contradicción lovecraftiana (1) es entonces causa de que su forma particular de horror no tenga salida.  O debiera decir, tal vez, que el horror en Lovecraft se constituye como tal precisamente por la imposibilidad de encontrar una salida. El mundo de Lovecraft se presenta como una aporía, como  un laberinto que encierra (en) el horror. De allí la condición pesimista de sus escritos, a los que cabe considerar como una muestra especialmente desesperada de existencialismo. El perfecto pesimismo de Lovecraft se traduce consecuentemente en su desconfianza y desdén hacia la mitología del progreso, hacia the american dream. y the american way of life. Y aquí podemos establecer un nexo hacia otro aspecto de su obra. No cabe ninguna duda de que Lovecraft fue durante su madurez literaria un escritor regionalista, que fue – como Hawthorne, como Melville, como el mismo Poe- un autor de New England, del este  norteamericano. (2) Fijémonos en la unción con que Lovecraft describe el paisaje y la arquitectura de su región, de la que casi no salió en su vida, de la veneración con que describe Providence, la ciudad que lo vio nacer y morir. Ahora bien , en las coordenadas transversales del país del norte, el este es el lugar de la arribada, aquel donde se sedimenta (en tiempo record, comparado con lo ocurrido en Europa) una tradición, es decir, un llamado a volver la cabeza hacia atrás, hacia el pasado, la condición primera de la nostalgia. El oeste, por el contrario, es la tierra del futuro, el lugar donde todo está por construir, la comarca del emprendimiento donde sólo tiene sentido mirar hacia delante y ser optimista y valeroso. Se trata, desde luego, de una simplificación, pero quizá en la misma se podría encontrar el retrato del alma de H.P. Lovecraft o, menos pretenciosamente, de su propia comarca mental.



Patricio Alfonso Ulloa
Publicado en La Mancha Nº 20



Notas

(1)   No soy ni mucho menos el primero en señalarla “ ¡Terrible contradicción, romántica contradicción  entre la huida al pasado y el horror de ese mismo pasado, entre la fascinación y la repulsión de la muerte! La necrofilia de Lovecraft – como la de Poe – es, a la vez, necrofobia porque en verdad nunca se puede amar la muerte”  Rafael Llopis.  Los Mitos de Cthulhu.  Alianza Editorial, Madrid, 1970. Pág. 32.

(2)   Sobre el regionalismo/realismo en Lovecraft, veáse Llopis, Los Mitos...,pág. 21,  incluyendo las citas. Y en este punto, me parece posible emparentar al autor de Providence con nuestros poetas láricos, quienes prescriben una estética del entrañamiento. Por contraposición, el horror lovecraftiano vendría siendo un síntoma de extrañamiento, de una inadecuación radical.