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27 de marzo de 2016

NARRATIVA / "El mejor ángulo", de Elena de Latorre





EL MEJOR ÁNGULO

                       

     En sus autos deportivos podría llegar al orgasmo corriendo a 290 o poco más Kl. por hora. La velocidad era el placer que lo llevaba al límite de la adrenalina. Era uno de los más destacados cazas noticias; lo llevaba en la sangre. Su padre también fue fotógrafo, y de los mejores. Desde niño lo entrenó para buscar el mejor ángulo de la fotografía, aquella que, sin duda, podría proporcionarle fama y riqueza.

Esta vez la ruta asfáltica, resbaladiza, se adentraba en un tupido bosque de gigantescos chopos. Al tomar la curva la vio: estaba con la mitad del cuerpo colgando fuera de la puerta de su coche incrustado en un árbol, convertido en un montón de chatarra. Se acercó con su cámara tomando fotografías de diferentes ángulos y mientras ella murmuraba:

─Auxilio, auxilio, me estoy desangrando.

Sin inmutarse él buscaba el mejor ángulo. ─Este con el rostro ensangrentado, se ve más impactante que la poza de sangre en el suelo─ reflexionó. Hizo funcionar el flash ─ ¡Perfecto!─ Las vendería en una millonada de dólares, libras o euros. ─ ¡Un acierto!─ con calma hizo funcionar su cámara una docena de veces. Cuando volvía a su coche tomó el celular para avisarles a las autoridades del accidente.

Por los medios de comunicación supo que los médicos habían declarado que sólo les faltó cinco minutos para salvarla.

Pasaron los años. Él, con demasiado dinero, se permitía una vida dispendiosa. Tenía seis autos veloces. Esa tarde fue a ver el nuevo Ferrari.

─Logra entre 180 a 220 kl. en diez segundos; velocidad crucero, 300 Kl. x hora─, dijo el vendedor. Además, su dirección es tan liviana que puede conducirlo con un dedo. Tenga cuidado si lo prueba en la campiña, hay lomajes de apariencia suave; este auto es resbaladizo...

─ ¡No se preocupe! Sé lo que hago, tengo seis, no tan veloces, pero a este puedo dominarlo.

Tomó la recta por la campiña, veloz, cortando el viento, subió por la montaña a 220 kl. por hora. ¡Qué maravilla!, gritó. La curva se le vino encima, el guantazo al volante y el rechinar de las ruedas…Cuando tomó conocimiento, estaba con medio cuerpo colgando afuera, entre un montón de latas retorcidas. Entonces vio el flash que lo cegaba…

─Auxilio, auxilio, me estoy desangrando…

No obstante sus gritos y quejidos no compadecieron ningún oído, era sorda la insistente luz que lo recorría. De inmediato supo que el fotógrafo lo dejaría morir buscando el mejor ángulo.



Elena de Latorre

Agosto - 2008

23 de noviembre de 2015

NARRATIVA / Mario Cáceres Contreras.


 
 
LAS HORAS DE LA NOCHE

Todas las noches, en sus horas amargas, me arranco el corazón. Pero cuando amanece y los fantasmas oscuros mueren con la luz, este regresa a su sitio y palpita de nuevo. Aunque sufre, porque inevitablemente vendrán de nuevo las terribles horas de la noche.

Menos aterrador, también el día trae sus temores cuando nos muestra la verdad: la tragedia de la vida.

En la casa de reposo Santa Rosa, los desesperados como yo me hacen sonreír. Carlos, un hombre calvo como bola de billar, de baja estatura -que está convencido que soy su profesor- todas las mañanas se acerca con un destartalado Silabario Matte*, (o silabario del Ojo), y me recita: “Qué linda en la rama/ la fruta se ve/ si lanzo una piedra/ tendrá que caer”*. 


Siempre se equivoca en estos versos: “Mis buenos maestros/ dirían tal vez / qué niño tan malo/ no jueguen con él”. Me dice que él no es “un niño tan malo” y entonces… ¿por qué no juegan con él?

Y está ese otro, larguirucho, que es ver al Quijote. Un anciano cura jesuita que ha perdido la fé. La extravió al momento de descubrir que los mandamientos fueron escritos mucho antes por los egipcios, en el Libro de los Muertos.

También está mi buen Pedro, quien odia a los pájaros y se disfraza con un sombrero alón y paja seca -con la que cubre sus manos y pies-, se ubica estático en el medio del patio y se convierte en el espantapájaros del lugar. Permanece horas en esa posición, hasta que el cansancio le desvanece.

Y aquél otro loco que canta mientras todos los demas habitantes de la casa le acompañan con el bam, bam, bam, premunidos de jarros, palos y bastones. Y entona: 


“Quiero una ramera gorda, bam, bam, bam

Que caliente mi cuerpecito, bam, bam, bam

Una ramera joven, bam, bam, bam

Que baile desnuda en mi cama, bam, bam, bam

Y otra ramera chiquita, bam, bam, bam

Que bese mi ombliguito, bam, bam, bam”



 Y así, una y otra vez.

Esto no está en mi personalidad algo desquiciada, ¡no! El cantito se repite hasta que aparecen dos hombrones de blanco que me ponen una camisa de fuerza y una inyección en el trasero hasta que al fin, duermo. Duermo con miedo, no dejo de sentirlo, pero aunque sea de esta forma, duermo algunas horas, porque luego llegarán las horas de la noche, esas horas en que las imágenes del recuerdo regresan y yo me arranco el corazón. Mis errores, mis pecados, aquellos a quien ofendí o dañe, me indican con el dedo, como fantasmas en pena, y en medio de todo está ella, mi amor, que se desvanece ante mis ojos. Ella, a quién más le fallé en mi vida, es solo una sombra perdida en el espacio.

Ruedan por mis mejillas lágrimas de desamor.

 ¡Oh, mi Dios! ¿Por qué en la vejez las horas de la noche se hacen eternas? Amada, si vinieras a visitarme, la letra del tango aquél: “Un beso tuyo cura todo, todo, todo”, espantaría las terribles horas de la noche y no me arrancaría como ahora, desesperado, el corazón.



                                  Mario Cáceres Contreras



*1) Silabario del Ojo, (también llamado Silabario Matte) fue creado por el educador chileno Claudio Matte en 1884 y publicado en la ciudad de Leipzig en Alemania. El método didáctico que utiliza es fonético-analítico-sintético. El nombre real del texto era "Nuevo método para la enseñanza simultánea de la lectura i escritura".



*2)POEMA: La Tentación, de J.A. Márquez (colombiano).

 

28 de septiembre de 2015

LARGA DISTANCIA / Sergio Omar Otero, desde Argentina







EL PODER DE LA PALABRA


Se engendró por culpa de un coitus interruptus mal calculado. Nueve meses se anduvo gestando en un vientre achatado por culpa de tanta faja y corsé para ocultar lo evidente. 
Lo llevaron a nacer en una gran ciudad donde todos son indiferentes y milagrosamente anónimos. Como no lo podían volver a esa capital de provincia donde el Obispo debía permanecer célibe y la maestra soltera ser soltera y virgen, unos atribulados abuelos se encargaron de criarlo. 

Desde los primeros balbuceos fue tartamudo. Se le aglomeraban las primeras silabas de todas las palabras, por eso no resultó extraño que lo apodaran el Tatarta. La humillación originada en ser el centro de las burlas, con el tiempo se fue transformando en bronca y odio. Más en odio, un odio vago hacia todo y todos. Razón, seguro no le faltaba.

Taciturno, a los treinta, un día quisieron asaltarlo. Tres tipos, uno de ellos armado, lo encerraron a la vuelta de la Iglesia y le exigieron plata. Justo lo que él no tenía, plata. Pero si tenía ahorrado bastante bronca y odio, y sin saber cómo, ese día decidió darlos de una vez por todas:”hijosunagranputaplatalesvoyadar, losvoyamolerapalos” les dijo al mismo tiempo que repartía trompadas a diestra y siniestra. 

Se asombró, no por las trompadas ni porque los tres salieran corriendo, sino porque el hijosunagranputaplatalesvoyadar le salió de una, sin tartamudear.
Miró hacia la Iglesia y le pareció que la puerta se cerraba detrás de un flaco pelilargo, pero no le dio importancia.


Desde ese día, no solo hablaba normal, sino que todo lo que decía era aceptado a pie juntilla; sus palabras convencían, lo que pedía se lo daban. Si bajo el pleno sol de diciembre se paraba en la calle y decía “Está lloviendo”, la gente abría sus paraguas; si entraba a un banco y pedía plata la tenía; si le gustaba una muchacha y la invitaba a tomar un café, aceptaba. No se le negaba nada. El Tatarta comenzó una nueva vida, sin hacer prácticamente nada, tenía todo, solo tenía que hablar y pedirlo.

Un día quiso ser Ingeniero, fue hasta la facultad y lo dijo: quiero ser Ingeniero, en veinte minutos le dieron el título. Nadie le preguntó nada. Otro día entro en una casa de venta de autos, y dijo que quería el rojo que estaba en el salón, a los diez minutos estaba manejando por la calle. Le era fácil la vida y lo fue fácil durante treinta y pico de años más. Lo tenía todo y no hacía nada, y nada era lo que se le negaba.

Como a esa altura ya no había abuelos atribulados, al Tatarta se le ocurrió que no sería mal idea estarse un tiempo con ese Obispo célibe y la maestra soltera y virgen. Así, como quien no quiere la cosa se fue hasta la capital de esa provincia una tardecita de otoño, llegó también como quien no quiere la cosa y lo primero que pidió fue estar con el Obispo.

Lástima, porque el Cementerio no tiene puertas de salida para los que ya se han ido.

La maestra, soltera y virgen, ahora estaba jubilada.


*****


Sergio Omar Otero
/ Nació en Comodoro Rivadavia, provincia del Chubut, en la patagonia argentina en 1951, Allí cursó sus estudios primarios y secundarios, cursando estudios Universitarios en Rosario donde se recibió de Politicólogo y en Buenos Aires donde tuvo el título de Abogado, profesiones ambas que ejerce. Su afición a la poesía y la narración nace con la adolescencia, El amor o desamor, las cuestiones sociales y lo cotidiano le resultan fuente de inspiración. Actualmente vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es miembro de Letras Kiltras.

1 de septiembre de 2015

NARRATIVA / Microcuentos de Mario Cáceres Contreras




EL OJO


Una de las cosas que atacaron mi curiosidad desde que las vi, fueron las puertas ubicadas en semicírculos, en la plazoleta, a los costados de la entrada principal del Cementerio General. Consultas en Internet y al administrador del cementerio, disminuyeron algo esta insistente inquietud. La respuesta es que fueron estacionamientos de las carrozas mortuorias, tiradas por caballos y utilizadas en épocas pasadas. Aún con esta información en mi poder me acerqué a investigar. Encontré unas puertas formidables provistas de grandes cerrojos. Mis genes boyeristas o mirones me incitaron a escudriñar por una de esas aberturas. Miré hacia todos lados y cuando nadie se percataba de mi intención, tomé esa ridícula posición del mirón y… mi ojo encontró al otro lado de la puerta otro ojo que me atisbaba sin pestañear. Fue tal el impacto, que aterricé con mi humanidad en el suelo, la respiración agitada y el corazón con las revoluciones a mil; escalofríos desde la cabeza a la punta de los pies. Más calmado me ubiqué en la puerta contigua,  y en un arranque de valentía, procedí a fisgonear. De nuevo el mismo ojo me espía sin pestañear.

Esta vez salí huyendo y marcando la señal de la cruz sobre mi pecho. Ese severo e inquisidor ojo, el iris de ese ojo que nunca olvidaré, era el de mi madre. Digo era, porque ella falleció hace doce años atrás…



OJO POR OJO…


El barrio en donde vivo es muy peligroso debido a los drogadictos y delincuentes juveniles capaces de asaltarte sin miramiento alguno. Es por esta razón que llevo en la sobaquera de electricista -junto a los alicates y destornilladores- una pistola para defender mi vida. Ayer, se presentó esa situación. El jefe de la pandilla me arrebató el bolso con mercadería que con mucho esfuerzo económico compré para mis hijos. El maldito además me amenazó, ubicando  el dedo medio y el índice sobre los ojos y con la otra mano un gesto de cortarme el cuello. Me indigné ante esos ademanes y porque  me quitara los alimentos para mi familia. Saqué la pistola y le descarrajé un tiro en una pierna y con el alicate le saqué parte de la dentadura. Me dí vuelta y enfrentando a los pandilleros, imité el gesto de los dedos sobre los ojos, un diente en el alicate y les grité: Está en la biblia: “ojo por ojo y diente por diente”.

Desde entonces me rehuyen con temor, y ahora en la pobla me apodaron “el bíblico”.



EN CADA MIRADA


Mi mujer dijo en una airada discusión por celos: Detrás de tu mirada de indignación me parece que siempre ocultas algo.

Para no continuar con la disputa, me encerré en el baño. Ya más tranquilo, me observé en el espejo, y esos ojos  ubicados en el vidrio le dieron la razón.




El MIRÓN, Mario Alfredo Cáceres Contreras




15 de abril de 2015

NARRATIVA / ILUSIONES EN TIJUANA, de Gustavo Andrés Leyton





ILUSIONES EN TIJUANA



Pedro Hernández quería cruzar el muro. Sabía que no era una misión imposible, pero comprendía que si pasaba al otro lado, podría ser acribillado. Roberto, su hermano mayor, llevaba meses en un empleo de transportista. Trabajó en una maquiladora de Tijuana, pero ganaba muy poco, así que decidió emigrar a Sacramento. Una parte importante de su salario se destinaba a remesas prodigadas cada mes a su madre, una mucama de una hostelería barata.

Cuando salía temprano de la planta cementera, Pedro echaba un vistazo a la valla de seis metros de altura, en el interior de su caluroso y blancuzco Toyota Corolla. Ese obstáculo de metal corrugado era colindante al barrio obrero en donde residía. Había un control férreo desde el otro lado que interfería con sus planes de reunirse con Roberto, quien traspasó la frontera como indocumentado y casi murió en su propósito. Las cruces blancas, adosadas en el muro por montones, llamaron la atención de Pedro. Sabía que era un homenaje para aquellas personas que perecieron en su intento por franquear esa barrera innegable.

En una tarde soporífera de comienzos de Julio, miró, echado en la cama de su habitación exigua, la sección de anuncios clasificados de un periódico local. Una empresa agrícola solicitaba operarios para la exportación de manzanas desde mediados de aquel mes, en Sacramento. La atractiva remuneración lo persuadió plenamente. Después de meditarlo con prolijidad, le comunicó a su madre que emigraría. Ella tenía reparos, pero dejó que su hijo siguiera su camino, aunque con una advertencia:

- Pedrito: no basta con sólo llegar hacia ese país. Serás vapuleado sólo por nacer en esta tierra; pero si tienes fe en ti, no te voy a detener.

Al cabo de una semana, llamó por celular a un ex compañero de preparatoria: Ramón, quien estuvo a un segundo de ser capturado en el paso fronterizo. Hace unas semanas, cuando intentó trasladar en una furgoneta desvencijada a una docena de tijuanenses al límite divisorio, fue perseguido por un grupo de agentes en motocicleta, pero no fue alcanzado. Por las correrías osadas, recibía una buena cantidad de dinero. Ramón le advirtió a Pedro que el precio de traslado había subido. Comentó que la patrulla fronteriza estaba muy atenta a los desplazamientos furtivos. Decenas de jóvenes eran devueltos a sus familias o apresados todas las semanas. Añadió que los Minutemen era un grupo fanático que monitoreaba la frontera e invertía cuantiosas sumas de dinero en la construcción de cercas más altas y seguras; además, apoyaron con beneplácito la adopción de novedosas tecnologías de vigilancia: drones, cámaras corporales y radares, utilizadas para capturar a los inmigrantes como si fuesen roedores.

A un día de su travesía, Hernández había preparado su mochila con los pertrechos necesarios: camisas, jeans, bloqueador solar, currículo actualizado, un diccionario bilingüe de bolsillo y la dirección de Roberto, anotada en una hoja de cuaderno. Costearía el viaje con la venta de su vehículo. Esa noche, fue al centro de Tijuana en su destartalado Toyota junto con Penélope, su novia. Arribaron con puntualidad a la gala de graduación escolar, consumada en el restaurante Fridays.

En el bullicioso Fridays, bailaba una cincuentena de jóvenes gozosos. Un gran porcentaje de ellos eran conocidos de Pedro. Muchos rebasaron la línea demarcatoria en el pasado y con seguridad, lo volverían a hacer de nuevo. Las chicas parecían unas princesas de cuentos de hadas, con vestidos largos y elegantes, alquilados para la ocasión. En tanto, los hombres lucían incómodos en sus trajes rígidos. Muchos parecieron satisfechos de terminar la etapa escolar y bebieron tequila con animación. Las parejas sonrientes se robaron todos los flashes. Pedro supuso que las fotografías eran la mejor manera de inmortalizar aquellos instantes que se añorarían, pero a sus veinte años, sólo le interesaba el futuro.

Al término de la gala, Pedro y Penélope subieron al Toyota y se dirigieron al borde costero de Primo Tapia, una playa distinguida por sus grandes colinas de arena gris y su proximidad con una cerca erigida con rieles de tren, la cual fenecía en el mar. Hicieron el amor en el asiento postrero del automóvil y se fundieron en un abrazo candoroso, bajo el cielo crepuscular. Horas después, Pedro se aproximó al domicilio de Penélope, emplazado a un costado del Bulevar Agua Caliente, una vía interna de la ciudad. Le prometió que volvería a Tijuana y se despidió de ella con un beso impetuoso. Atravesó la ciudad por avenidas silenciosas y negocios empobrecidos.

Hernández llegó a su barrio en la languidez matutina. Aparcó su automóvil en el ruinoso garaje de su hogar. En el antejardín, esperó la furgoneta de Ramón fumando un Marlboro. Revisó su mochila. No creía olvidar nada. Supuso que el plan de residir en Sacramento sin la Green Card no debería causarle tanto lío, al menos por un tiempo. La furgoneta se estacionó a pocos metros de la vivienda de Hernández, en el arcén de la calle polvorienta. Ramón hizo cambio de luces para avisar de su presencia.

Cuando Pedro subió al vehículo desde el portón trasero, se percató que algunos muchachos de la fiesta dormían ahí, apretujados y tapados con frazadas en la zona de carga. Miró con desconsuelo su barrio humilde y cerró los ojos. Soñó con su arribo a Sacramento, el abrazo fraternal con su hermano Roberto y con la travesía incierta.




Nota:

Relato presentado en: Convocatoria de cuento y poesía para la antología “Frontera” (Grullita Cartonera, Chile).



                                                  *****

Gustavo Andrés Leyton Herrera. (Chillán, 3 de mayo de 1986) Escritor, con estudios de Sociología, Licenciatura en Historia y Periodismo en la Universidad de Concepción. En el año 2005, asistió al congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), realizado en la Universidad Federal de Río Grande del Sur, Porto Alegre. En la actualidad, reside en Pichilemu. 


Reconocimientos

- 2014: Cuento Seleccionado, Revista Factum (El Salvador. n° 17, Diciembre, pg. 37).

- 2015: Mención Honrosa, cuento “Las Galápagos” (Concurso Literario, Las Cruces. Febrero).
- 2015: Finalista, I Certamen de Microrrelatos de Amor “Amor no Correspondido” (Toledo, España. Marzo).
- 2015: Finalista, IV Concurso de Microrrelatos “Fundación Pública Camilo José Cela” (Iria Flavia, Galicia, España. Marzo).
- 2015: Primer lugar, Concurso “Andalucía en el siglo XXII”, Centro Cultural Andaluz (Viña del Mar, Abril).





1 de abril de 2015

NARRATIVA / NO TENGO MIEDO, de Mario Cáceres







NO TENGO MIEDO


Cumplió el contrato a cabalidad, aquel dicho en el altar: “Hasta que la muerte los separe”.  Nuestro matrimonio duró más de cuatro décadas y fue interrumpido, por supuesto, por el corazón, ese músculo traicionero.

Ha transcurrido un año de su deceso y he querido estar con ella una vez más, todo el día.  Con los recuerdos, pronunciando su nombre y fecha de muerte escritos en el mármol. Una mujer ejemplar y no quiero nombrar todas sus cualidades.

El camposanto empieza a quedar solo y en uno de esos actos en que la mente no razona, decidí pasar la noche con ella. Me escondí entre las tumbas. No tenía miedo. El miedo -decía mi abuelo- es un fantasma que se ríe de tu cobardía.

La luna llena alumbró la noche. No era esa luna que atrae a los enamorados, sino, una luna semirojiza que llama al aullido de los lobos y excita al insolente mar del sur, a que levante esas agresivas olas contra la playa. Una lechuza ratonera se dedicó a observarme y de vez en cuando giraba su cabeza, como la niña endemoniada en El Exorcista, mientras las ratas al descubrir su presencia intentan escapar, simulando son pajarillos nocturnos.
No tengo miedo. Cuando se envejece los temores se disipan y solo queda la gran espera.  Dormité por algunas horas abrazado a su cripta. Llegó la hora del conticinio, la hora en que circula libremente el espanto y la imaginación hace su trabajo con las herramientas del terror. Dicen, cuentan, que a esa hora los fantasmas, los espíritus, los vampiros, las gárgolas, despiertan para acechar.

De pronto… un ruido macabro dominó la oscuridad y lamentos suplicantes se oyeron desde el interior de las bóvedas. Intenté huir y solo atiné a caminar algunos pasos. Desde los sepulcros emergieron espíritus que con alargada uña de un dedo índice sin carne, borraron sus nombres y fechas registradas en las lápidas. Un ruido demoníaco de borrar y escribir, borrar y escribir sobre el cemento. Esos lamentos suplicantes me tenían paralizado. Una mano de hielo recorrió la espalda, pero no tengo miedo y me acerque a mirar qué escribían. La uña grababa con el horrendo ruido su mayor pecado. Borraban y volvían a escribirlo entre alaridos dolorosos.

          Volví a la tumba de mi amada. Seguro que su espíritu descansaría en paz.
Allí, estaba cubierta por un manto negro y su dedo sin carne borrando y escribiendo la mayor de sus faltas, capaz de condenar su alma. Caí de rodillas y pedí perdón hasta que una nube cubrió el camposanto como en un abrazo. El ángel de la misericordia retornó a sus nichos a los desdichados. La luz comenzaba a imponer el orden. Dios siempre triunfa sobre las tinieblas (No olvido que antes de la creación reinaba un caos primordial, amorfo, vacío y oscuro).

No tengo miedo, porque conocí al fantasma que se ríe de mi cobardía. Ese fantasma no solo habita la oscuridad: también desde el alba hasta el oscurecer, en el ámbito sin luz del alma o de la mente.  Estuvo y estará presente ese día en que cometí o cometeré mi mayor pecado. Lo borraré y escribiré una y otra vez entre mis lamentos sobre la loza de cemento en que escribirán mi nombre y fecha de muerte.




Mario Alfredo Cáceres Contreras


*****


Mario Alfredo Cáceres Contreras, ingresa al taller de literatura de la Ilustre Municipalidad de Maipú en el año 1999, de Víctor Vera. Más tarde continúa su aprendizaje en narrativa con Jaime Millas, Marta Blanco y Sergio Rodríguez. Ha obtenido diversos reconocimientos literarios, entre los que se destacan: Primer Premio en Narrativa los años 1999 y 2000 en el Concurso Recordando a Pablo y Gabriela. Mención Honrosa en el Certamen Eusebio Lillo en el 2000. Cuentos en Movimiento, segundo lugar en el 2001 y tercer lugar en el 2005. Segundo lugar en el XIV Concurso Literario Las Condes en el 2011. Fondos de las Artes y Eventos Culturales de la Ilustre Municipalidad de Maipú en el 2006. Finalista en el concurso Santiagoen100palabras en el 2012 (cerca de 60.00partipantes enviaron sus relatos).


14 de julio de 2014

NARRATIVA / Mario Cáceres Contreras




Tiempo hacia el silencio
    


Ha traído zozobras e inquietudes. (Por supuesto que diferentes a las de la vida cotidiana: éstas son distintas).

Al principio traté de encontrar razones lógicas. La mente racional con formación ingenieril obliga a respuestas que reflejen tus conocimientos.

He permanecido expectante y observo constantemente la bóveda celeste.

Aquello ha provocado que el silencio se prolongue en una nota aguda y distante, los minutos nos parecen cada vez más lentos, como si se frenaran unos a otros y quisieran detenerse; solo quedan las inquietudes golpeando la caja mecánica del reloj.

Ha ingresado en mis vecinos, en la población, en las gentes que circulan por las calles; sus rostros parecen marcados y sus ojos, parecen muy tristes, atormentados.

El gato se mantiene inmóvil, expectante, no a la rata que chilla en el tejado, sino a eso

Los zorzales ya no apoyan sus cabezas en las paredes de la tierra buscando al gusano, las mueven a un lugar indeterminado y esperan…

Las cosas inanimadas  que viven en la soledad de los sin vida parecen impacientes. Ha traspasados las ondas de los aparatos electrónicos y las comunicaciones se inquietan y no dicen nada.

Los ruidos mundanos cubiertos y tienden lentamente al silencio. Solo el viento ulula y gime en los aleros. Mi mujer me observa y solicita una explicación con el lenguaje corporal y la mirada.

Ahora ha tocado a los árboles, el tronco, las hojas y las flores  vuelven sus miles de ojos impacientes.

A su vez, aquello nos había observado, como si hubiese tomado una decisión. Y eso, por instantes nos hacía sentirnos mejor. Pero allí estaba dominando las estaciones de todos los años.

Permanecíamos consientes que no era ninguna atracción turística: domina las mentes de las cosas vivas y de las creadas por el hombre.

El día se hizo más brillante y un niño salió en busca de su pelota, miró hacia arriba y sonrió.


Y esperan, espero, esperamos sin miedo a aquello, eso temido en lo más profundo,  sonriendo en una confianza incierta,  deseando abrir nuestras conciencias, un perdón o la llegada de todo lo que nunca logramos.

Oteamos hacia el espacio que se mantiene diáfano, pero a su vez, inquieto…



       


Mario Cáceres Contreras   

12 de mayo de 2014

NARRATIVA / Luz María Bórquez




ENTRE ENTUERTOS MAL ENTENDIDOS


Sentada, en un piso de la barra en la discoteca “Dos por uno”, rumiaba furiosa su despecho; con un vaso de tequila en la mano, quería ahogar su pena. Danilo y la Rucia desteñida con senos de silicona, piernas de palillo, acaparaban la atención entre risas y gritos de la concurrencia, bailando una bachata hot, en que Danilo apretaba voluptuoso el cuerpo de ella, mientras la observaba como el hambriento mira el asado a la parrilla. La fiesta celebraba el cumpleaños de Carmencita, la jefa de sección, con los compañeros del departamento de ventas de la inmobiliaria “Viva Seguro”.

Encandilada miraba la pareja de bailarines con un segundo vaso de tequila en la mano. Danilo, era su pareja hacía seis meses. Él, es el amor de su vida. Ella, diez años mayor, pero el maquillaje, la gimnasia y sus lentes ópticos color verde, la nivelaban. Para Danilo era una relación sin compromiso; como dicen los lolos: “amigos con ventaja”.

Aleja sus pensamientos para centrar sus ojos en Danilo, quién no deja de mirar glotonamente las pechugas de la Rucia que se bambolean al ritmo de la bachata. Desea por momentos en ser invisible. Antes de abandonar la barra, apura el resto de su trago y se desliza hacia la puerta de la disco.

En taxi, se dirige a su edificio. En el vestíbulo, tambaleante, encamina sus pasos al ascensor. ¡Horror!, éste lucía un cartel “MALO, EN REPARACIÓN”. Se saca los zapatos de tacones altos y afirmándose con uñas y muelas a la baranda de la escalera, puede llegar al cuarto piso. Frente a la puerta de un departamento busca las llaves en su bolso, vuelca el contenido en el suelo y no las encuentra. Piensa en tocar el timbre, pero recuerda que su madre toma pastillas para dormir y ni el pito de una locomotora la despertaría. De pronto recuerda que su padre arreglaba relojes y abría cerraduras con un pinche para el pelo. Encuentra uno y lo manipula por un largo rato. ¡Abracadabra!, cedió la condenada chapa. Entra quedamente para no despertar a su madre y se desliza a su dormitorio. Escucha el ruido de cómo se queja su cama. Con esa pachorra de ebria, se cuestiona como remedo de Condorito: ¿Por qué se queja mi cama como condená si yo todavía no me acuesto? ¡Exijo una explicación!

Enciende la luz y sus ojos casi se salen de sus orbitas. Una pareja que no puede distinguir –debido a los efectos del Tequila– practicaba sus clases de Kamasutra. La mujer le lanza la lámpara del velador que le dio justo en medio de la cabeza. Al recuperarse no encontró nada más acertado (y como disculpa de borracha), decir.

- ¿Qué les parece que me incorpore a la clase de gimnasia? ¿No es éste el gimnasio que tenemos en el edificio?


Cuando tiene la mala suerte de cruzarse con su vecino, éste le susurra al oído:
- Cuándo lo desee mijita, le doy las clases que me solicitó esa noche, estoy a su disposición.



Luz María Bórquez



Biografía. Me llaman Luz por mi abuela y María por mi madre.
Nací hace 40 primaveras, 20 veranos, 10 otoños y 14 inviernos. ¿Cuántos años son? La gracia es que los he vivido mesclados y no respetando su esencia. Con su bagaje de alegrías, penas, nacimientos y muerte. Soy Leo, aunque dicen que es el mes de los gatos, tengo algo de leona y de gata. Amo las artes en todas sus manifestaciones. Mantengo un romance de 10 años con la Literatura, actividad que realizo en el Taller del adulto mayor “La Mampara” que me ha dado la oportunidad de participar en Antologías y una novela. Me siento realizada, “Planté un árbol, parí dos hijos y escribí un libro” Además seis nietos adornan este corolario. Gracias Dios mío.

    

2 de mayo de 2014

NARRATIVA / "Inoportuno", de Eduardo Cáceres Rojas








INOPORTUNO


   …me invitó a su casa. Sentado junto a la chimenea la espero impaciente. Sigilosamente se me acerca por la espalda, me sopla un oído y al darme vuelta, me encuentro con su cara sonriente; al mismo tiempo me abraza feliz, oigo su cálida voz decir “te amo, te amo”… Le respondo emocionado con un gesto tierno, cariñoso “yo, también te quiero y te amaré siempre”. Acto seguido se sienta en mis rodillas, ofreciéndome sus labios sedientos de pasión. La beso intensamente, mezclando nuestro aliento. El efluvio de su cuerpo me atrae, me enloquece, mientras mi brazo como una serpiente se enrosca en su cintura, ella se contornea embriagada por mis caricias, Excitada se despoja hábilmente de su ropa. La tenue luz perfila la belleza de su cuerpo semidesnudo, no puedo resistir su encanto y busco un lugar en donde apoyarla…
   
Un golpe interrumpe la lectura. Pedro, cierra apresuradamente el libro y dirigiéndose a la puerta, la abre y le dice a su compañero de estudios…

-¿No pudiste elegir otro momento?.
   

Eduardo Cáceres Rojas



Eduardo Cáceres Rojas,  nace en Santiago el 12 de octubre del año 1930.

Se incorpora al taller del adulto mayor “La Mampara” En el año 2001. Se le ha editado en once antologías incluyendo una individual. Es actor, y pertenece al grupo folklórico “Alegría Otoñal” Escribe décimas y cuartetas y con regularidad asiste al taller “De las Palabras”, en las dependencias de la empresa eléctrica Endesa.

26 de marzo de 2014

NARRATIVA / Mario Cáceres Contreras








PIEDAD, MISERICORDIA


                                                                                                                      
    La música sacra  de la misa matinal expelida por el órgano, aún  domina sus oídos; el incienso explorando con majadería sus narices; el temblor de los dedos que se deslizan por las negras cuentas del rosario; en ella deposita las súplicas y recuerdos amargos de su vida. Con voz trémula.

-          Primer misterio doloroso. La oración de nuestro Señor en el Huerto.

En forma automática reza una vez más el Santo Rosario, el pasado se desliza tormentoso por su mente. En verdad, la vida es un misterio y la mayoría de las veces doloroso. Se ve de ocho años con la maleta de cartón piedra, la amarilla con rayas anchas de color café, en que cobija sus escasas pertenencias. Abandonado el hogar roto por la muerte de sus padres, con lágrimas escondidas al interior de sus ojos. Destino del viaje no deseado, a la casa de sus abuelos paternos, a esa casa oscura y vieja  en que los adobes descascarados por el tiempo le aprisionarán hasta asfixiarlo; intentarían que olvidara sus amadas montañas. Los muñecos construidos con sus padres en la última nevada y el juego interminable de lanzarse pelotitas de nieve.

-          Segundo misterio doloroso. La Flagelación del Señor.

La cama de campaña en que intenta dormir por meses. Los fierros adheridos a su cuerpo de niño huérfano y el frío ingresando por la ventana a la humilde pieza con los dientes afilados, que entregó algunos vidrios a la piedra lanzada a mansalva. Humillado. El último habitante de la casa oscura. Solo el colegio salesiano, los juegos en los patios, las caricias sobre sus cabellos revueltos del rector Guido Tento y los ladridos del Mota, con sus alegres cabriolas, le hacían sonreír.

-          Tercer misterio doloroso. La coronación de espinas.

El ingreso al seminario apoyado por el rector del Oratorio y el firme deseo de entregar su vida a los jóvenes huérfanos de su patria. De la patria pobre sin esperanzas, esa pobreza en donde la venganza excluye al perdón, la tristeza domina a la alegría y la muerte es más importante que la vida. El cura Valdivia con su mirada lasciva sobre los pequeños seminaristas y en especial sobre su cuerpo, a toda hora, en todo lugar. Gracias a la habilidad adquirida por el deporte, logró esquivarlo en las duchas. Sin padres, olvidado por sus abuelos y presionado por un degenerado animal humano.

-          Cuarto misterio doloroso.  El camino al monte Calvario.

No pudo evitarlo, no pudo. La bestia introduciéndose en la noche a su cuarto, intentando desnudarlo, el olor fétido escapando de su boca. El forcejeo. Él, por evitar que su cuerpo fuese mancillado. La fiera por cumplir con sus bajos instintos. El candelabro de bronce se interpuso para ayudarlo. Lo aferró con todas las fuerzas de adolecente y los descargó sobre la cabeza de la maldad, una, dos e incontables veces sobre la horrible bestia. El hombre dejó de moverse, dejó de respirar, dejó de vivir. Pensó que su alma caminaba hacia lo más profundo de los infiernos.

-          Quinto misterio doloroso. La crucifixión y muerte de Nuestro Señor.

En la sacristía con la música sacra expelida por el órgano, el incienso explorando sus narices, subido sobre el altar y con la cuerda amarrada a su cuello, como un funesto cordón umbilical que lo unirá con la muerte. En sus labios las palabras piedad, misericordia Señor y el salto hacia lo desconocido. Un sonar de huesos, estertores y un cuerpo de adolecente con movimiento pendular es la imagen viva de la piedad y la misericordia.



Mario Alfredo Cáceres Contreras



Biografía Literaria

      Mario Alfredo Cáceres Contreras, ingresa al taller de literatura de la Ilustre Municipalidad de Maipú en el año 1999, de Víctor Vera. Más tarde continúa su aprendizaje en narrativa con Jaime Millas, Marta Blanco y Sergio Rodríguez. Ha obtenido diversos reconocimientos literarios, entre los que se destacan: Primer Premio en Narrativa los años 1999 y 2000 en el Concurso Recordando a Pablo y Gabriela. Mención Honrosa en el Certamen Eusebio Lillo en el 2000. Cuentos en Movimiento, segundo lugar en el 2001 y tercer lugar en el 2005. Segundo lugar en el XIV Concurso Literario Las Condes en el 2011. Fondos de las Artes y Eventos Culturales de la  Ilustre Municipalidad de Maipú en el 2006. Finalista en el concurso santiagoen100palabras en el 2012 (cerca de 60.00partipantes enviaron sus relatos) Sus cuentos han sido incluidos en las Antologías: La jaula, La noche de los Calamares, Palabras en Tránsito, Cuentos en Movimiento (en cinco antologías) Antología Narrativa de Maipú, Antología Santiago en la Memoria, Conversando con Gloria, Libros objetos: Colores Propios y Somos Letras, Revista Cultural Maipú, Revista La Mancha, Gaceta Literaria Puertas Abierta. Artículos, Cuentos y Poemas publicados por Cinosargo, Portal Atina Chile, Bligoo, Revistas literarias La Mancha y Palabras.

13 de marzo de 2014

NARRATIVA / Bernardo Astudillo: Flashback






FLASHBACK



Llegar a esa altura a cualquiera lo hubiera asustado, pero el riesgo le importaba poco.

Subir los catorce pisos, escaleras arriba, demostraba que su estado físico estaba en buena forma.

Catorce pisos. Sin ascensor, todo a pie y sudando y tosiendo de vez en cuando, acelerado el corazón, temblándole a veces las piernas.

Catorce pisos que lo separaban de la ciudad nocturna, con los neones alumbrando con haces azules, fríos, la madrugada. Catorce pisos que mirados desde abajo hacían creer que se podía tocar las nubes o la luna. Catorce pisos que lo separaban de Amanda, allá arriba, en una de aquellas puertas repetidas, todas iguales, todas macizas y todas cerradas. Sólo había que subir, y lo hizo.

El ascensor fuera de servicio, incomprensible, sólo las escaleras abiertas como fauces hacia la oscuridad, tragando la altura. Las luces de emergencia apenas alumbrando, apenas silueteando su sombra en las paredes, deformándola hasta lo grotesco.

Pensó que todo iba mal esa noche. El apagón, el ascensor malo y las escaleras para tragarlo hacia la altura, para consumirlo.

Subió sin pensarlo. Había que hacerlo, era su deber, así lo entendía.

El primer piso lo ocupaban oficinas de abogados y casas de cambio. Allí la oscuridad  era casi completa, no había nadie, ni un ruido, ni una maldita mosca para acompañarlo. El segundo piso se extendía en un pasillo largo, donde la luz de emergencia semejaba un ojo maligno pegado en un rincón, anémico, escrutador. Caminó rápido, jadeando un poco. Ahora luego la siguiente escalera, el tercer piso con olor a naftalina, a recinto privado. Otro pasillo vigilado por el ojo maligno de la luz de emergencia. Largo, silencioso, premonitorio.

Estornudó. Una corriente de aire surgida de alguna parte le sacudió el pelo. El ruido de un mueble desplazándose por el piso le vino también de alguna parte. Debajo de las puertas cerradas ninguna luz que le indicara que hubiera moradores detrás de ellas. Sólo aire frío en aquel pasillo sombrío, largo y siniestro.

Otra escalera. Más frío. Otro pasillo. Más puertas cerradas. Ninguna luz debajo de ellas.

Caminó mientras pensaba que Amanda no lo esperaba, que llegaría sin ser esperado.

Vaya sorpresa. Sucedía a veces que se equivocaba. Temía a equivocarse, a perder el tiempo.

Apretó el objeto en su bolsillo. El peso del objeto metálico le daba valor, le incitaba a seguir subiendo. Sólo diez pisos más. Más pasillos, más oscuridad, más frío. Sólo diez pisos más.

En el folletín médico se decía que su salud era precaria, que no aguantaría, que su corazón de un momento a otro dejaría de latir. Leseras. Estaba bien, aguantaba bien. Era un hombre fuerte, después de todo, puras mentiras lo del folletín. El pudo subir perfectamente los diez pisos que lo separaban de Amanda, de la ciudad y de la noche.

Lo hacía. Subía al séptimo, al octavo piso y nada pasaba. El corazón seguía latiendo, acelerando el ritmo a medida como subía los peldaños cada vez más pesados. El sudor, las sienes a punto de estallar, las piernas casi insensibles, pero subiendo, subiendo…

Más pasillos, más frío. El piso catorce, por fin.

Nada. La negrura del pasillo quebrada por la anémica luminosidad de la luz de emer- gencia. Sombras en las paredes. Su sombra dibujada, grotesca, en la pared. El piso catorce y su corazón intacto aunque acelerado, latiendo a un ritmo de tambores, de verdaderos timbales. El sudor en la frente, en las axilas, en la mano que sostenía el objeto metálico.

La puerta de la izquierda, la única con luz debajo. La tercera puerta. La puerta de Amanda, pensó.

Había despertado del sueño con la boca seca, sudando. Los guardias dormían. La cena había sido pesada. Un trozo de carne de cerdo, ensalada de lechugas, un café cargado. Luego un cigarrillo, después otro. Faltaba el bajativo, pensó con ironía. Tenía televisión pero no veía. No le gustaba ver televisión. Quiso dormir y durmió sobre la cama sin sábanas, dura, de tablas. Los privilegios de la solemnidad, una noche en solitario. Pensó que debían ser las cuatro o cinco de la mañana, tal vez menos.

Ahí dentro era difícil saberlo. A las seis llegarían los guardias, no harían ruido, llevarían zapatillas, todo acolchado para no despertar a los demás. Le pondrían la barra en los tobillos, quizás habría un cura, rogaría por él. El no creía en Dios, pero le hacía falta ahora. Daba igual. No hacía falta creer en Dios. Se estaba bien sin Dios. Se estaba bien en cualquier parte donde no hubiera Dios.

El pasillo estaba iluminado por el reflector de emergencia, y el resto, oscuridad.

La luz debajo de la puerta de Amanda.

Sólo unos golpes en la puerta. Esperar. 

Apretar el objeto en su mano. Esperar. 

No tardaría en abrir, pensó al oír los pasos apagados detrás de la puerta. Tacos de mujer. Los de Amanda, siempre altos en piernas tan largas como ella misma. Las piernas de Amanda, esas piernas torneadas que aún tenía en la memoria como prolongaciones del placer. 

Ya aparecería ella en el hueco de la puerta, preguntando. Imaginaba su cara, su asombro.

Las seis de la mañana. Por fin llegaban los guardias. Vio sus siluetas en la pared de enfrente. Eran seis, en fila india. También venía el sacerdote, un capellán. Ni un murmullo, ni un ruido.

Apretó el objeto metálico en su mano sudada cuando sitió la presión de la mano de Amanda sobre el picaporte, girándolo. Su mano, pensó. Su mano pecadora. El no creía en Dios pero sí en el pecado. En el pecado de Amanda creía a ojos cerrados.

Sólo la venganza era suya, no del Señor.

Lo cegaron con una venda negra, todo en silencio, con mucho respeto mientras el capellán comenzaba un padrenuestros que apenas oía, apagado por la venda, mientras caminaba por el corredor, imaginando las
siluetas detrás de los barrotes y las miradas compasivas de los demás.

La puerta finalmente se abrió.

Una lluvia de luz iluminó su rostro, encandilándolo. Y detrás de la luz, la silueta conocida de Amanda.

Era ella.

Apretó el objeto, apuntó sin mirar, sabiendo que el cañón estaba dirigido hacia ella, hacia su pecho pecador. La silueta cayó limpiamente al suelo luego del fogonazo, luego del estallido que casi rompió sus tímpanos,
aumentado por el silencio nocturno y la soledad del pasillo…

Detrás de la venda negra el espacio parecía enorme, oscuro.

Hubiera querido creer en Dios pero era muy tarde, ahora que la voz del capellán se alejaba, el padrenuestro apenas musitado en la distancia, el preparar de los fusiles, la orden de fuego, la descarga brotando de la nada y la bala solitaria atravesando su corazón.




Santiago, 21 de marzo de 2006

Del libro: La Isla de Los Muertos (Ediciones del Taller 2006)