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13 de marzo de 2014

NARRATIVA / Bernardo Astudillo: Flashback






FLASHBACK



Llegar a esa altura a cualquiera lo hubiera asustado, pero el riesgo le importaba poco.

Subir los catorce pisos, escaleras arriba, demostraba que su estado físico estaba en buena forma.

Catorce pisos. Sin ascensor, todo a pie y sudando y tosiendo de vez en cuando, acelerado el corazón, temblándole a veces las piernas.

Catorce pisos que lo separaban de la ciudad nocturna, con los neones alumbrando con haces azules, fríos, la madrugada. Catorce pisos que mirados desde abajo hacían creer que se podía tocar las nubes o la luna. Catorce pisos que lo separaban de Amanda, allá arriba, en una de aquellas puertas repetidas, todas iguales, todas macizas y todas cerradas. Sólo había que subir, y lo hizo.

El ascensor fuera de servicio, incomprensible, sólo las escaleras abiertas como fauces hacia la oscuridad, tragando la altura. Las luces de emergencia apenas alumbrando, apenas silueteando su sombra en las paredes, deformándola hasta lo grotesco.

Pensó que todo iba mal esa noche. El apagón, el ascensor malo y las escaleras para tragarlo hacia la altura, para consumirlo.

Subió sin pensarlo. Había que hacerlo, era su deber, así lo entendía.

El primer piso lo ocupaban oficinas de abogados y casas de cambio. Allí la oscuridad  era casi completa, no había nadie, ni un ruido, ni una maldita mosca para acompañarlo. El segundo piso se extendía en un pasillo largo, donde la luz de emergencia semejaba un ojo maligno pegado en un rincón, anémico, escrutador. Caminó rápido, jadeando un poco. Ahora luego la siguiente escalera, el tercer piso con olor a naftalina, a recinto privado. Otro pasillo vigilado por el ojo maligno de la luz de emergencia. Largo, silencioso, premonitorio.

Estornudó. Una corriente de aire surgida de alguna parte le sacudió el pelo. El ruido de un mueble desplazándose por el piso le vino también de alguna parte. Debajo de las puertas cerradas ninguna luz que le indicara que hubiera moradores detrás de ellas. Sólo aire frío en aquel pasillo sombrío, largo y siniestro.

Otra escalera. Más frío. Otro pasillo. Más puertas cerradas. Ninguna luz debajo de ellas.

Caminó mientras pensaba que Amanda no lo esperaba, que llegaría sin ser esperado.

Vaya sorpresa. Sucedía a veces que se equivocaba. Temía a equivocarse, a perder el tiempo.

Apretó el objeto en su bolsillo. El peso del objeto metálico le daba valor, le incitaba a seguir subiendo. Sólo diez pisos más. Más pasillos, más oscuridad, más frío. Sólo diez pisos más.

En el folletín médico se decía que su salud era precaria, que no aguantaría, que su corazón de un momento a otro dejaría de latir. Leseras. Estaba bien, aguantaba bien. Era un hombre fuerte, después de todo, puras mentiras lo del folletín. El pudo subir perfectamente los diez pisos que lo separaban de Amanda, de la ciudad y de la noche.

Lo hacía. Subía al séptimo, al octavo piso y nada pasaba. El corazón seguía latiendo, acelerando el ritmo a medida como subía los peldaños cada vez más pesados. El sudor, las sienes a punto de estallar, las piernas casi insensibles, pero subiendo, subiendo…

Más pasillos, más frío. El piso catorce, por fin.

Nada. La negrura del pasillo quebrada por la anémica luminosidad de la luz de emer- gencia. Sombras en las paredes. Su sombra dibujada, grotesca, en la pared. El piso catorce y su corazón intacto aunque acelerado, latiendo a un ritmo de tambores, de verdaderos timbales. El sudor en la frente, en las axilas, en la mano que sostenía el objeto metálico.

La puerta de la izquierda, la única con luz debajo. La tercera puerta. La puerta de Amanda, pensó.

Había despertado del sueño con la boca seca, sudando. Los guardias dormían. La cena había sido pesada. Un trozo de carne de cerdo, ensalada de lechugas, un café cargado. Luego un cigarrillo, después otro. Faltaba el bajativo, pensó con ironía. Tenía televisión pero no veía. No le gustaba ver televisión. Quiso dormir y durmió sobre la cama sin sábanas, dura, de tablas. Los privilegios de la solemnidad, una noche en solitario. Pensó que debían ser las cuatro o cinco de la mañana, tal vez menos.

Ahí dentro era difícil saberlo. A las seis llegarían los guardias, no harían ruido, llevarían zapatillas, todo acolchado para no despertar a los demás. Le pondrían la barra en los tobillos, quizás habría un cura, rogaría por él. El no creía en Dios, pero le hacía falta ahora. Daba igual. No hacía falta creer en Dios. Se estaba bien sin Dios. Se estaba bien en cualquier parte donde no hubiera Dios.

El pasillo estaba iluminado por el reflector de emergencia, y el resto, oscuridad.

La luz debajo de la puerta de Amanda.

Sólo unos golpes en la puerta. Esperar. 

Apretar el objeto en su mano. Esperar. 

No tardaría en abrir, pensó al oír los pasos apagados detrás de la puerta. Tacos de mujer. Los de Amanda, siempre altos en piernas tan largas como ella misma. Las piernas de Amanda, esas piernas torneadas que aún tenía en la memoria como prolongaciones del placer. 

Ya aparecería ella en el hueco de la puerta, preguntando. Imaginaba su cara, su asombro.

Las seis de la mañana. Por fin llegaban los guardias. Vio sus siluetas en la pared de enfrente. Eran seis, en fila india. También venía el sacerdote, un capellán. Ni un murmullo, ni un ruido.

Apretó el objeto metálico en su mano sudada cuando sitió la presión de la mano de Amanda sobre el picaporte, girándolo. Su mano, pensó. Su mano pecadora. El no creía en Dios pero sí en el pecado. En el pecado de Amanda creía a ojos cerrados.

Sólo la venganza era suya, no del Señor.

Lo cegaron con una venda negra, todo en silencio, con mucho respeto mientras el capellán comenzaba un padrenuestros que apenas oía, apagado por la venda, mientras caminaba por el corredor, imaginando las
siluetas detrás de los barrotes y las miradas compasivas de los demás.

La puerta finalmente se abrió.

Una lluvia de luz iluminó su rostro, encandilándolo. Y detrás de la luz, la silueta conocida de Amanda.

Era ella.

Apretó el objeto, apuntó sin mirar, sabiendo que el cañón estaba dirigido hacia ella, hacia su pecho pecador. La silueta cayó limpiamente al suelo luego del fogonazo, luego del estallido que casi rompió sus tímpanos,
aumentado por el silencio nocturno y la soledad del pasillo…

Detrás de la venda negra el espacio parecía enorme, oscuro.

Hubiera querido creer en Dios pero era muy tarde, ahora que la voz del capellán se alejaba, el padrenuestro apenas musitado en la distancia, el preparar de los fusiles, la orden de fuego, la descarga brotando de la nada y la bala solitaria atravesando su corazón.




Santiago, 21 de marzo de 2006

Del libro: La Isla de Los Muertos (Ediciones del Taller 2006)


19 de junio de 2010

NARRATIVA / Bernardo Astudillo




EN MEDIO DEL TRIGAL, UNA PUERTA AMARILLA
Para Amanda y Pablo

Escrito especialmente para La Mancha en su número 15/UNO


Mira, es la puerta, no me cabe la menor duda. Amarilla, exactamente como en el sueño. Te lo conté ¿verdad? Bueno, si no te aburre escuchar, te cuento. Fue hace tres noches atrás, la misma de la tormenta eléctrica, ésa en que vine a casa de los tíos de Beatriz a cenar y me quedé a dormir, tocándome hacerlo en el sillón de cara a la ventana. Pude ver clarísimo cómo reventaban los relámpagos en el cielo, acompañados por el tambor del trueno. Quizás eso sugirió el sueño, no sé. La cosa es que estaba en medio del campo de trigo, absolutamente solo, buscando la salida de ese laberinto de espigas, extrañamente ahogado. Me costaba respirar, sentía la nariz tapada, seca, cosas que pasan en los sueños, ya sabes, como cuando quieres correr y no puedes, o te caes de un árbol y te despiertas de un espasmo, cosas así. Puedes imaginar la angustia que sentía en ese mar de espigas moviéndose al compás del viento que intuía sobre mi cabeza, sin saber si era de día o de noche. ¿Te has fijado que cuando uno sueña las imágenes son nocturnas y sin color? Las mías no, suelo soñar en colores, asociado posiblemente a un reflejo condicionado donde el trigo es amarillo y el cielo es azul, porque así debe de ser según la realidad, no sé si me explico. Bueno, buscando la salida me encuentro con la puerta amarilla mimetizada en la espesura del trigal, absurdamente fija en el suelo, sin más sostén que un marco de madera del mismo color. Si esto ocurriera en la realidad sería horrendo, pero los sueños tienen sus propias reglas donde no existen las leyes de la física. Pues bien, ahí estaba la puerta, fija, anclada en medio del trigal. Era de estirar la mano y tomar el picaporte, abrir la puerta y ver qué pasaba, la cosa era salir del asfixiante campo de trigo y volver a la realidad, la que fuera en ese momento. Sin temor, cosa extraña, giré el picaporte, empujando la puerta con suavidad. Me vi atravesando el umbral y desaparecer del campo de trigo, no me preguntes cómo, tú sabes que en los sueños uno es protagonista y espectador al mismo tiempo, no sabría decirte más, salvo que aparecí en el saloncito de la casa de Beatriz como si nada. Yo dormía en el sillón con un sueño agitado, profundo, inquieto, me veía a mí mismo en el sillón mientras me preguntaba qué pasaba si antes estaba en el campo de trigo del que tenía un vago, remoto recuerdo, hallándome ahora en el saloncito de la casa de Beatriz donde la propia Beatriz aparecía sentada en un rincón leyendo un libro junto a la lámpara. Pensé emocionado que el mundo seguía su marcha inexorable mientras ella…, bueno, tú sabes. Me quedé mirándola como un idiota. Pensé hablarle, pero de pronto ella se volvió hacia mí llevándose el índice a los labios para silenciarme. Recuerdo que me dijo: ahora no, más tarde. Tronó más fuerte y el saloncito quedó en tinieblas. Creo que desperté de un salto. La mano de tía Sole me tocaba el hombro, eran las siete, hora de ir al trabajo, había tenido una pesadilla, le dije. No le mencioné a Beatriz y menos la puerta amarilla en medio del trigal. Creo que ese día no pensé más en Beatriz, tampoco en la puerta amarilla.
Era como ésta, igual, sólo que ésta se sostiene de una casa, no como la otra que se sostenía sobre ella misma. Cuando veníamos la vi de lejos y me pareció que podía ser la misma, no sé por qué. Beatriz me había dicho que hablaríamos más tarde, esto puede ser ahora, quizás si abro la puerta estaré de nuevo en el saloncito de la casa de Beatriz y veré a Beatriz leyendo un libro al lado de la lámpara. No me mires de esa forma, ahora no estoy soñando, sé que suena a locura pero si lo piensas ¿por qué no? Por ahí leí que la vida es sueño ¿será verdad? Si quieres te quedas afuera, yo entro de todos modos, en una de ésas todavía sigo en el sillón del saloncito de la casa de Beatriz, profundamente dormido mientras Beatriz vela mi sueño, leyendo un libro al lado de la lámpara. Detrás de la puerta amarilla ella todavía está viva, fuera del tiempo, como si nunca hubieran pasado las cosas que pasaron. Si quieres te quedas aquí, no es necesario que me esperes, tal vez tarde un poco.
¡Ah! Dile a tía Sole que hoy no llegaré a cenar.


Bernardo Astudillo
Santiago, 15 noviembre 2009

10 de agosto de 2009

NARRATIVA / Bernardo Astudillo


IMAGEN DE UN ÁRBOL


Alguna vez fui un árbol en un pasado prehistórico que todavía conservo en la memoria como una fotografía imaginaria.

Sí, fui un árbol, uno de amplio ramaje y de profundas raíces. Probablemente una acacia, aunque desconozco la diferencia entre un árbol y otro. En mi calle hay unos pocos. Durante mi infancia había muchos y variados que alegraban las tardes del verano con sus sombras bienhechoras. El progreso arrasó con la mayoría, dando paso al cemento y al asfalto. Quedaron algunos, eso sí. La mayoría acacias, árboles nobles y perennes. No sé si habría sobrevivido yo al quedarme como árbol. Posiblemente no. Suelo tener mala suerte. Habrían sobrevivido los más vistosos y conocidos. Hoy en día los plátanos orientales se roban la película, aunque la polinización causa estragos en primavera. Yo, en mi inconciencia vegetal, los detesto. Cuando camino hacia mi casa me entretengo contemplando los pocos árboles que todavía quedan al borde de la acera, uno especialmente, un sencillo ciruelo en flor que, cual eunuco, no da frutos. Pero qué belleza es verlo en septiembre, lleno de delicados capullos blancos y rosados, alegres anunciadores de la primavera, pero que dura lo que dura, es decir, nada. Se los compara con el amor juvenil, ese amor que es pura imagen. El ciruelo sobrevive sólo por eso, por ser imagen, por su ramaje sin progenie, por su estéril encanto primaveral.
Yo, como antiguo árbol cuya memoria no ha envejecido, siento que el progreso nos debe espacio. No pretendo ser ambientalista. No me juzguen sin conocerme, caballeros. No soy del Green Peace ni de nada por el estilo. No lucho por la capa de ozono ni por la deforestación del Mato Grosso, pero, sin embargo, cuánto de mí hay en esos terrenos baldíos y quemados, todavía dando gritos de dolor a causa del fuego.
Mi memoria de árbol me traiciona. El ciruelo me observa mientras lo observo y me pregunto si en su inconciencia de árbol se preguntará lo mismo, si no seremos recuerdos de algo que nunca fuimos.
Mi profesor de filosofía dice que somos las sombras de un sueño. Entonces, ¿soy la sombra de un árbol o el árbol de una sombra? Eso pienso mientras mi ramaje se remece con la brisa de la tarde, espabilando del sueño de la siesta para verme observado por un hombre que ha detenido su paso frente a mí para observarme y que, después de un rato, se aleja silbando.

Santiago, 30 de junio.

Bernardo Astudillo
Publicado en La Mancha número catorce

Fotografía: Amanda

20 de abril de 2009

COMENTARIO cine / Bernardo Astudillo


LOS INOCENTES

¿Una de fantasmas?

La relación entre cine y literatura se ha dado desde los albores del Séptimo Arte. Sin una base escrita, es decir, un guión, la imagen es casi imposible. Para dar coherencia a un relato visual se precisa de un argumento, ya sea sobre la base de una idea original o bien de la adaptación de una obra impresa. Sobre estas últimas el cine se ha nutrido abundantemente, para bien o para mal de los escritores. Buenos argumentos no siempre son la base para que una cinta sea de calidad. Generalmente se repite hasta el cansancio esa fórmula de que “el libro era mejor”. Los ejemplos sobran al respecto. Pero, también es cierto que muchos libros han ganado fama luego de haber sido adaptados por el cine, y también los ejemplos sobran. Sólo basta ver La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, para que una obra como la de Anthony Burguess tome vigencia y sea reeditada de tiempo en tiempo, para el placer de los lectores. O bien, obras menores y desconocidas para la gran masa lectora, abran nuevas vertientes para descubrir a escritores olvidados por el público y la crítica. Si bien es cierto que Henry James, el maestro de lo incierto, no necesita presentación alguna, no es menos valedero destacar que la puesta en escena de “Otra vuelta de tuerca” hace que la distancia a veces insondable entre lectura e imagen adquiera nuevos sentidos. Jack Clayton, al adaptar “Otra vuelta…” no sólo nos permite acercarnos a la obra de James sino también adentrarnos en un mundo de apariencias donde el lector ha de participar aportando su propia versión de los hechos narrados. Meritoria la realización del guión, donde participó el controvertido escritor norteamericano Truman Capote, logrando lo que para muchos es un desafío: igualar o superar a la obra escrita. El aporte de Clayton es casi un milagro en el sentido de adaptar una obra de muchas lecturas (léase interpretaciones) para que el espectador saque sus propias conclusiones.
Lo que en primera impresión es un relato de fantasmas y posesiones del más allá, se transforma paulatinamente en un intrincado buceo en las fantasías reprimidas de su protagonista, Miss Gidden, interpretada magistralmente por una insuperable Deborah Kerr. Si hubiera que descifrar el verdadero sentido que impuso James a su obra, tal vez la versión de “Otra vuelta…”, de Clayton, hubiera logrado ajustarse a los gustos de su autor. La magnífica forma en que Clayton nos propone esta “vuelta de tuerca” donde la medrosa y reprimida Miss Gidden ha de fabricarse una historia de claros atisbos freudianos, apoyado por la imagen en blanco y negro sobrecogedor, nos lleva a la siguiente pregunta: ¿existe en realidad un caso de posesión diabólica o, simplemente, son los miedos y represiones de la protagonista, Miss Gidden, que toman forma humana? Trabajo para el espectador, ya bastante acostumbrado a lo servido en bandeja y sin mensaje escondido. No se trata de involucrarnos en un drama que pertenece sólo a la protagonista, sino que forma parte del juego que propone James y que revalida Clayton con su inquietante versión de la “Otra vuelta…”. Para resumir en breves palabras el argumento, la imagen nos lleva a una casona victoriana a donde llega una institutriz todavía joven para enseñar a dos niños huérfanos que dependen básicamente de un tío solterón y disoluto que sólo quiere que “lo dejen en paz”. Miss Gidden ha de enfrentarse a dos niños de apariencia normal, aparentemente poseídos por los espíritus del antiguo mayordomo y la anterior institutriz, pero que, a medida como avanza el relato, crea un ambiente ambiguo donde Miss Gidden se enfrenta a sus propios fantasmas interiores.
Relato de ambiente gótico, sustentado por sólidas actuaciones, que merece verse y reverse, sacar conclusiones y que, mediante una puesta en escena que recuerda a Hitchcock, nos hace vislumbrar el trasfondo de la condición humana en perpetuo conflicto con la ambigüedad de la fantasía y la realidad. Realizada en 1961, Los Inocentes, atrapa por su alto contenido en imágenes, por su mensaje conmovedor y su alto nivel tanto interpretativo como de dirección. Jack Clayton merece, por sólo esta película, incluirse dentro de los directores del siglo XX que logran una perfecta simbiosis entre creación literaria e imagen narrativa digna e intensa, logrando en el espectador la inquietud necesaria para convertir el relato visual en una obra maestra de concisión, donde arte y literatura, atmósfera e imagen, se unen para deleitarnos con una puesta en escena sin precedentes, invariable antecedente para filmes posteriores como Los Otros, de Amenábar, o Sexto Sentido, donde el doble juego de la realidad aparente es sólo un pretexto bien logrado para confundir a los espectadores con una historia que es tiene algo de verdad y algo de ficción, pábulo necesario en toda creación que haga pensar y sentir. Bien por Clayton y bien por la imagen que perdura en un universo tan poco dado a la imaginación.



Bernardo Astudillo
Autor de los libros de relatos
EL TIEMPO INVERTIDO y LA ISLA DE LOS MUERTOS.

Publicado en La mancha número seis.

16 de marzo de 2009

CON CÁMARA / La venganza de Chukito, por Bernardo Astudillo.

Como nuestro compañero Bernardo Astudillo se especializa en narrativa y comentarios de cine, esta vez publicamos su primer experimento con "luz, cámara, acción", de manera totalmente artesanal. Este Bernardo! tan amante del suspenso...


LA VENGANZA DE CHUKITO








Bernardo Astudillo

Grupo La Mancha

26 de febrero de 2009

COMENTARIO CINE / Bernardo Astudillo


LOS INOCENTES

¿Una de fantasmas?


La relación entre cine y literatura se ha dado desde los albores del Séptimo Arte. Sin una base escrita, es decir, un guión, la imagen es casi imposible. Para dar coherencia a un relato visual se precisa de un argumento, ya sea sobre la base de una idea original o bien de la adaptación de una obra impresa. Sobre estas últimas el cine se ha nutrido abundantemente, para bien o para mal de los escritores. Buenos argumentos no siempre son la base para que una cinta sea de calidad. Generalmente se repite hasta el cansancio esa fórmula de que “el libro era mejor”. Los ejemplos sobran al respecto. Pero, también es cierto que muchos libros han ganado fama luego de haber sido adaptados por el cine, y también los ejemplos sobran. Sólo basta ver La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, para que una obra como la de Anthony Burguess tome vigencia y sea reeditada de tiempo en tiempo, para el placer de los lectores. O bien, obras menores y desconocidas para la gran masa lectora, abran nuevas vertientes para descubrir a escritores olvidados por el público y la crítica. Si bien es cierto que Henry James, el maestro de lo incierto, no necesita presentación alguna, no es menos valedero destacar que la puesta en escena de “Otravuelta de tuerca” hace que la distancia a veces insondable entre lectura e imagen adquiera nuevos sentidos. Jack Clayton, al adaptar “Otra vuelta…” no sólo nos permite acercarnos a la obra de James sino también adentrarnos en un mundo de apariencias donde el lector ha de participar aportando su propia versión de los hechos narrados. Meritoria la realización del guión, donde participó el controvertido escritor norteamericano Truman Capote, logrando lo que para muchos es un desafío: igualar o superar a la obra escrita. El aporte de Clayton es casi un milagro en el sentido de adaptar una obra de muchas lecturas (léase interpretaciones) para que el espectador saque sus propias conclusiones. Lo que en primera impresión es un relato de fantasmas y posesiones del más allá, se transforma paulatinamente en un intrincado buceo en las fantasías reprimidas de su protagonista, Miss Gidden, interpretada magistralmente por una insuperable Deborah Kerr. Si hubiera que descifrar el verdadero sentido que impuso James a su obra, tal vez la versión de “Otra vuelta…”, de Clayton, hubiera logrado ajustarse a los gustos de su autor. La magnífica forma en que Clayton nos propone esta “vuelta de tuerca” donde la medrosa y reprimida Miss Gidden ha de fabricarse una historia de claros atisbos freudianos, apoyado por la imagen en blanco y negro sobrecogedor, nos lleva a la siguiente pregunta: ¿existe en realidad un caso de posesión diabólica o, simplemente, son los miedos y represiones de la protagonista, Miss Gidden, que toman forma humana? Trabajo para el espectador, ya bastante acostumbrado a lo servido en bandeja y sin mensaje escondido. No se trata de involucrarnos en un drama que pertenece sólo a la protagonista, sino que forma parte del juego que propone James y que revalida Clayton con su inquietante versión de la “Otra vuelta…”. Para resumir en breves palabras el argumento, la imagen nos lleva a una casona victoriana a donde llega una institutriz todavía joven para enseñar a dos niños huérfanos que dependen básicamente de un tío solterón y disoluto que sólo quiere que “lo dejen en paz”. Miss Gidden ha de enfrentarse a dos niños de apariencia normal, aparentemente poseídos por los espíritus del antiguo mayordomo y la anterior institutriz, pero que, a medida como avanza el relato, crea un ambiente ambiguo donde Miss Gidden se enfrenta a sus propios fantasmas interiores. Relato de ambiente gótico, sustentado por sólidas actuaciones, que merece verse y reverse, sacar conclusiones y que, mediante una puesta en escena que recuerda a Hitchcock, nos hace vislumbrar el trasfondo de la condición humana en perpetuo conflicto con la ambigüedad de la fantasía y la realidad. Realizada en 1961, Los Inocentes, atrapa por su alto contenido en imágenes, por su mensaje conmovedor y su alto nivel tanto interpretativo como de dirección. Jack Clayton merece, por sólo esta película, incluirse dentro de los directores del siglo XX que logran una perfecta simbiosis entre creación literaria e imagen narrativa digna e intensa, logrando en el espectador la inquietud necesaria para convertir el relato visual en una obra maestra de concisión, donde arte y literatura, atmósfera e imagen, se unen para deleitarnos con una puesta en escena sin precedentes, invariable antecedente para filmes posteriores como Los Otros, de Amenábar, o Sexto Sentido, donde el doble juego de la realidad aparente es sólo un pretexto bien logrado para confundir a los espectadores con una historia que es tiene algo de verdad y algo de ficción, pábulo necesario en toda creación que haga pensar y sentir. Bien por Clayton y bien por la imagen que perdura en un universo tan poco dado a la imaginación.



Bernardo Astudillo
Publicado en La Mancha número seis.

21 de noviembre de 2008

COMENTARIO CINE / Bernardo Astudillo


La Maldición del Personaje




Desde sus orígenes el cine se ha nutrido de la literatura para crear sus ficciones, tomando de ella a sus criaturas y demonios, contribuyendo, en muchos de los casos, a enriquecerlos y ampliarlos en el inconsciente colectivo del espectador de la gran pantalla. Indudablemente estos personajes han sobrevivido a los embates del tiempo y las modas, adaptándose a ellas como corresponde a seres intemporales y perennes. Pero si estos personajes han sobrevivido no se debe sólo a su valor intrínseco como criaturas universales, sino también a los actores que los han representado alguna vez, formando una fusión indivisible entre ficción y realidad, unidos por un rostro y un nombre determinados.

Los primeros personajes literarios llevados a la pantalla fueron los de difusión popular en los folletines de las postrimerías del siglo XIX y principios del XX; personajes como Fantomas o Arsenio Lupin, por ejemplo, versiones cinematográficas de 1913. Pero la verdadera eclosión de los personajes comenzaría en 1931 con la versión de Drácula de Tod Browning, protagonizada por el ya clásico Bela Lugosi. Con este actor comienza, por así decirlo, la maldición del personaje, una encarnizada estigmatización al que llamamos “encasillamiento” por parte del actor, terminando por sepultarlo en un rol determinado. Bela Lugosi fue el primero, convirtiéndose “en” Drácula. Muchos actores lo han representado a través de la extensa filmografía del personaje, pero ninguno ha alcanzado la notoriedad de Lugosi. Otro tanto ocurre con otro personaje de ficción mil veces llevado al cine: Sherlock Holmes. ¿Qué mejor rostro que el de Basil Rathbone para encarnar al detective del 221B de Baker Street? Si uno busca “el rostro” de Holmes no se aparece otro sino que el de Rathbone, invariablemente. Muchos actores lo han representado, pero ninguno como este actor sudafricano; se diría que cuando Conan Doyle creó a su personaje pensó en este actor y en ningún otro para interpretarlo en la pantalla grande. Otros actores que han representado a personajes inseparables han sido, por ejemplo, Johnny Weistmüller con su famoso Tarzán, el Rey de los Monos creado por Edgar Rice Borroughs; Guy Williams con su versión para la televisión de Disney de El Zorro, personaje de Colin McCullers; el Batman de la serie sesentera basada en los cómic de Marvel, encarnado por Adam West; el Superman, también de Marvel, con el rostro de Christopher Reeves. Pero, si de rostros hablamos, ¿quién no asocia este “mi nombre es Bond…James Bond” sino que con el rostro de Sean Connery? ¿O el deforme y tierno monstruo de Frankenstein con el de Boris Karloff? Y para qué decir que el rostro que mejor ha interpretado a Jesucristo en la pantalla ha sido el inglés Robert Powell, quedando como la imagen del Nazareno.

Aunque muchos y variados rostros los hayan representado en el celuloide, estas criaturas se mantienen en la retina colectiva con el de aquellos que los inmortalizaron, formando el tándem perfecto. La mayoría de estos actores debieron de sufrir la maldición del personaje, encarnándolos una y mil veces en la pantalla hasta el hastío, y hartos de ser asociados con ellos. Muy pocos se han salvado de la maldición, llegando a morir “siendo” el personaje, como ocurrió, por ejemplo, con Lugosi. Salvo las infaltables excepciones, los personajes han devorado a sus actores, convirtiéndolos en víctimas propiciatorias en la piedra de sacrificio de la ficción, donde ellos, los personajes, todavía sobreviven robándoles sus rostros.



30 de septiembre de 2008.


Bernardo Astudillo

Grupo La Mancha


Publicado en La Mancha doce.

30 de octubre de 2008

EL LIBRERO / de Bernardo Astudillo / Mario Benedetti

EL AMOR, LAS MUJERES Y LA VIDA de Mario Benedetti




TÁCTICA Y ESTRATEGIA
Mi táctica es
mirarte
aprender como
sos quererte como sos
Mi táctica es
hablarte y escucharte
y construir con palabras
un puente indestructible
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo no se como,
ni se con qué pretexto
pero quedarme en vos
Mi táctica es
ser franco y saber
que sos franca
y que no nos vendamos simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
Mi estrategia es en cambio
más profunda
y más simple
mi estrategia es que un día cualquiera
no se como, ni se con qué pretexto
por fin me necesites.




Mario Benedetti en la orilla vecina
Por BERNARDO ASTUDILLO



Hablar de Benedetti es hablar del héroe urbano, aquel que puebla las calles y las oficinas, el hombre común que todos conocemos. Tanto en poesía como en narrativa, Benedetti reboza humanidad, cercanía. Sus poemas, en su mayoría de tendencia social, abordan los temas de su tiempo, pero sin caer en lo panfletario, en lo burdo. Sus poemas de amor, pequeñas obras maestras de cotidianeidad, son reflejos de nosotros mismos, seres humanos sin mayores pretensiones que dejan en los versos un retazo de piel. Difícilmente Benedetti llegará a ser un poeta mayor, ya que su poesía carece de las triquiñuelas de los poetas mayores. Benedetti está contento con ser un poeta menor, según su decir. Bien por él y tanto mejor para nosotros, simples lectores que buscamos un oasis de paz en medio del vendaval de mal llamada poesía con la que nos bombardean todos los días. Leer a Benedetti es ser espectador y protagonista de la vida común, no carente de significado o filosofía, pero ¿quién se resiste a decir a la amada: compañera usted sabe que puede contar conmigo/ no hasta dos o hasta diez/ sino contar conmigo?, o mejor aún: te quiero porque sos mi amor, mi cómplice y todo/ y en la calle codo a codo/ somos mucho más que dos? En fin, mucho se podría hablar de Benedetti, de su múltiple obra, tanto narrativa como poética, de su humor, de su ingenio. Faltarían palabras y sobrarían conceptos, pero como la función de la literatura es revelar al personaje y ocultar al autor, qué mejor que abrir un libro de este uruguayo y simplemente disfrutar.


* Comentario publicado en La Mancha número cinco.

7 de septiembre de 2008

COMENTARIO CINE / Bernardo Astudillo

Clase B:
Pura pasión.



Lejos de la faramalla publicitaria de las grandes producciones, la clase B subsiste a base de esfuerzo y pasión. Sin sus aportes no habría cine independiente, ni un Tarantino, un Scorsese o un Cronenberg. La clase B es la piedra angular del cine masivo de bajo presupuesto, con tramas fáciles que tienen un solo objetivo: entretener. Su origen se remonta a los años cuarenta cuando los estudios debían rellenar los intermedios, entre matiné y vermú, generalmente con “series”, es decir, películas en capítulo con un archiconocido “continuará”, dejando en ascuas al espectador. El plato fuerte era, por supuesto, la película de gran presupuesto (sobre el millón de dólares en esa época) y con actores renombrados. La clase B era simplemente el relleno. Pero con el correr del tiempo se convirtió en género, o subgénero si se prefiere, centrándose básicamente en el terror, la ciencia ficción o el cine negro (el film noir).

La Universal tenía a su haber joyitas como Drácula, de Tod Browning, o el Jorobado de Notre Dame, con el “hombre de los mil rostros”, Lon Chaney; la Fox tenía Casablanca; la Organización Rank las series de Edgar Wallace; la RKO a King Kong. Muchas de estas cintas tienen la virtud de haber sobrevivido a la pátina del tiempo y se encuentran en las listas del cine clásico o cult. Muchas películas de clase B son actualmente consideradas cult movies, sobre todo las nacidas en los estudios de la Hammer Films, de Londres, en los años cincuenta. Enriquecieron la producción las versiones de Drácula, Frankenstein o el Hombre Lobo; se dio a conocer al maléfico Fu Man Chu, cuyo protagonista, Christopher Lee, ya se consideraba un icono del género, o al Mad Doctor, personaje clásico encarnado por Peter Cushing. Había para todos y para todos los gustos.

El desastre nuclear desencadenó la invasión de seres gigantes, de extraterrestres o mutaciones debidas al contacto radioactivo. No era de extrañar que enormes arañas de dos metros invadieran la pantalla o que una mujer de cincuenta pies de altura hiciera de las suyas. Poco presupuesto pero mucho ingenio parecía ser la tónica. La falta de medios no era excusa para que los productores se dejaran estar. Con muy poco se hacía mucho. Los decorados jugaban un papel importante; las maquetas de cartón, los efectos especiales básicos y primitivos, se reinventaban. Había que gastar poco para que el estudio ganara y se hicieran más producciones. Y se hacían muchas, cientos y miles, a destajo. ¿Cómo? Con algo que sobra a los que tienen poco, y algo que falta a los que tienen mucho: pasión. La clave no era más que eso: sólo pasión. Sin ella no hay clase B, ni cine independiente ni cine de autor. Sin pasión el cine sólo sería un muestrario de imágenes sin sentido de las cuales sería absurdo ver y hablar.


Bernardo Astudillo

Grupo LA MANCHA


Publicado en La mancha número once.

4 de agosto de 2008

NARRATIVA / Bernardo Astudillo


Cutulhu en la Estación Los Héroes
(para los lectores de Necronomicón)

H.P. in memoriam, a 70 años de su muerte aparente.


Acude el sueño a mis párpados, todo nebuloso, mezclándose con las imágenes a las cuales temo, vislumbradas en la penumbra, sugeridas por los rieles y la oscuridad de los túneles, de los rostros que me rodean impávidos, y aquellas sombras, presagios de los malos sueños, comienzan poco a poco a enervar mis sentidos.

Quizás todo se inquiete por la brisa magra del verano, del bochorno de la estación cerrada, y el hálito del ser que se esconde en lo profundo de mi inconsciente onírico. Será él, desde luego, el Innombrable, quien ponga en mí aquellas imágenes que atormentarán mis noches, mi mal despertar y la jornada que cruje como rueda enmohecida hacia el abismo. ¿Cómo describir su presencia pútrida, su ojo maligno vigilando el correr de mis sueños, induciéndome a concluir de mala forma mi existencia terrenal? Ya Al-Alzahred lo había pronosticado en su manuscrito: la bestia iría mermando la voluntad de vida, arrastrando a sus víctimas al suicidio.

Quizás no fuera tarde, pero H. P., el amanuense de las revelaciones del árabe loco, no tenía dudas. En esa guerra entre el mal que viene en medio de las nieblas del sueño, y el bien malamente representado por la cruz cristiana, no había escapatoria. Mi nombre ya pertenecía al Innombrable, ya estaba en la lista de los nombres muertos.

Mi destino estaba sellado; mi vida ya no me pertenecía. Si sólo no hubiera hojeado el libro maldito el día en que los dioses infames lo pusieron en mi camino. Pero no debo sucumbir a la seducción de la recriminación: lo hecho hecho está y no hay modo de invertir los sucesos. Sólo me queda combatir la pesadez de los párpados, entregarme a la meditación mezquina de la supervivencia, de arrebatarle un tramo de vida a la muerte que acecha en la sombra, de aquel ser multiforme que mueve sus tentáculos poderosos, conminándome a seguir su aliento de muchos muertos a un fin que viene de la mano del cuerpo en reposo, augurando una eternidad de tormentos cruentos, telúricamente poseído por el poder avasallador, terrible, del dios que sólo la imagen del sueño puede describir. Pero, hombre al fin y al cabo, cedo a la tentación del abismo, y mis ojos me pierden, se cierran por sí solos, mostrándome la boca abierta de la bestia que me invade con canceroso deleite, y está ahí, esperándome, mientras mi cuerpo cae, ingrávido, a las líneas del ferrocarril urbano que entra en la estación, sellando mi destino con un golpe seco y brutal (…)


Bernardo Astudillo

Publicado en La Mancha número siete.

14 de julio de 2008

COMENTARIO CINE / Bernardo Astudillo

TARDES DE CINE

En la década de los cincuenta, cuando todavía en Chile la televisión no había desplazado al cine como elemento de entretención, la industria, buscando nuevas fórmulas para atraer espectadores, creó las series. La serie básicamente era una película contada por partes, ya fuera como capítulos unitarios o consecutivos, dependiendo del tema. Muchas de esas series – ahora consideradas de “culto”- se proyectaban antes de un plato fuerte, es decir, de un largometraje. Generalmente se exhibían en la mañana, después del mediodía, por lo que se llamaban “horarios de matiné”. De aquella concepción nació el cine de matiné, es decir, el género de aventuras, mezcladas con alguna dosis de romance, humor y drama. El género de capa y espada, entonces, acaparaba la atención, con aquellos héroes invencibles, románticos y luchadores de la justicia. La ciencia-ficción, sin estar a la saga, creó también sus propios héroes, y ahí nació, por ejemplo, “Las Aventuras de Flash Gordon”, indispensable antecedente para entender lo que vendrá en la década de los ochenta con “La Guerra de las Galaxias” y otras cintas que de alguna manera pretendían renovar el género volviendo a antiguas fórmulas. Si bien es cierto que los primeros en incursionar en este subgénero fueron los norteamericanos, los mexicanos, financiados por empresas como Paramount o Universal, que necesitaban llegar al público de habla hispana –considerando que en ese tiempo el “doblaje” casi no existía- crearon series adecuadas al estilo yanqui, con tramas truculentas, de románticos bandidos y héroes invencibles. El paso de la serie a la televisión no tardó en llegar, como consecuencia lógica de una industria en franco proceso de expansión, utilizando un medio cada vez más masivo y que, al contrario como se creía en ese tiempo, no competía con el cine. La época de oro de las series televisivas se dio en el mundo en la década de sesenta, cuando la familia se reunía para ver las peripecias de “El Zorro”, por ejemplo, producción Disney sobre el legendario enmascarado de la California española, llevado al cine en 1929 con Douglas Fairbanks.
Las aventuras eran un éxito seguro, y así nacieron series como “Tarzán”, otro éxito del cine, “El Llanero Solitario”, “Bonanza”, “Los Intocables”, “Ladrón sin Destino”, “Los Comandos de Garrison”, “Combate”, “Manix”, “Audacia es el Juego”, “Mi Bella Genio”, “La Hechizada”, “Bronco”, “Chayanne”, “La Diligencia”, “El Hombre del Rifle”, “La Isla de Gilligan”, “Perdidos en el Espacio”, “Viaje a las Estrellas”, “Alma de Acero”, “El Hombre del Maletín”, “Mi Marciano Favorito”, “Los Vengadores”, “Dos Tipos Audaces”, “El Santo”, “Misión Imposible”, y tantas otras series que no caben en una simple enumeración de una época caracterizada por la búsqueda de elementos de distracción a bajo costo, donde la familia era partícipe de ella, eje y motor de una industria que terminaría siendo un culto masivo y de añoranza. Si bien es cierto que el cine seguía siendo un “hermano mayor”, la serie renovó el lenguaje visual de toda una generación que se educó en ella y que, de no mediar el arrollador avance tecnológico, seguiría imperando en nuestras vidas con la misma vitalidad de entonces. Ahora, en pleno siglo XXI, cuando la tecnología ha desplazado a la humanidad a un puesto de usuarios compulsivos, se añoran esas tardes apacibles cuando la familia se reunía a ver las aventuras de sus héroes preferidos, envueltos en un mundo de fantasía, un mundo que, dadas las circunstancias normales de una época como la nuestra, está irremediable confinado al cajón de los recuerdos.



Bernardo Astudillo
Publicado en La Mancha número cuatro

13 de abril de 2008

COMENTARIO LITERATURA / Bernardo Astudillo

LA NOCHE DE LOS MONSTRUOS

La literatura de todos los tiempos se ha nutrido plenamente de engendros de todas las especies. Mirado desde ese punto de vista, la mayoría de los personajes creados son engendros, seres imaginarios que toman una buena parte de sus creadores, superando a veces a estos mismos. El caso de Don quijote, por ejemplo, ¿no es más real que el propio Cervantes? ¿O Sherlock Holmes más que Conan Doyle? ¿O Drácula más que Stocker?
Si uno tiende a recordar más a la criatura ficticia que al creador, debe entenderse que el objetivo se cumple a cabalidad. Si el don Juan de Tirso es más real que el propio Tirso, ¿dónde queda el creador? ¿Ha de entenderse que, como dijo Unamuno, los seres imaginarios se sirven de los reales para hacerse conocidos en el mundo? Vaya uno a saber. El caso de Mary Shelley – Wolstonecraf, de soltera – merece un serio detenimiento. En una época donde la mujer estaba supedita al servicio doméstico y no al noble ejercicio de las letras, el caso de Mary Shelley es extraordinario.
Con muy contadas excepciones, las mujeres no hacían literatura y menos de terror fantástico. A lo más, dramones, poemas, novelas costumbristas que, siempre bajo seudónimos, lograban poner en el mercado varonil de los libros. Ha de entenderse que Mary Shelley no era escritora, sino más bien comparsa en un mundo de literatos donde las imágenes de Lord Byron y su esposo, Percy Shelley, ondeaban en el viento romántico de principios de siglo XIX.
Cierta noche, obligados a la reclusión gracias a las tormentas que azotaban al Lago Ginebra, en un ligar palaciego llamado Villa Diodati, se reúnen los amigos para narrar historias de fantasmas y aparecidos - tan en boga en la tradición germana - mientras matan el tiempo. Alguien propone escribir cada uno por su lado, historias escalofriantes. En el grupo se encuentra Lord Byron, el gran poeta inglés, hermoso, disoluto, romántico a ultranza;su secretario, John Polidori, padre de los vampiros literarios; Percy Shelley y su esposa Mary. Los monstruos románticos comienzan las apuestas.
Una vez disipada la tormenta, los amigos retoman sus vacaciones y, cada uno por su lado, van hacia su destino: Shelley muere ahogado, a los treinta y tantos años en un lago de Italia; Byron cae a los treinta y tres años en la playa de Misolonghi, en defensa de la independencia griega; Polidori se suicida de un balazo. Pero Mary shelley termina su historia: un engendro que, como ella, quiere arrebatarle a los dioses el fuego de la vida, un ser indestructible que, gracias a la magia de la ciencia, surge a la vida a través de la muerte: Frankenstein o el Nuevo Prometeo.
Si bien es cierto que John Polidori publica su novela Vampyr, antes que Mary Shelley conluya su Frankenstein, anticipandose a la Carmilla de le Fanu, o al Drácula de Stoker, no es menos cierto que, de aquella noche de monstruos sólo aquél memorable engendro compuesto de cadáveres ha sobrevivido a través del tiempo, asegurando a su autora una inmortalidad que no la da la ciencia, sino, las artes.

Bernardo Astudillo
Grupo La Mancha

Publicado en La Mancha número ocho.

5 de marzo de 2008

Narrativa / BERNARDO ASTUDILLO/ Metamorfosis.


Julia tiene la tendencia a equivocarse cuando me llama. Por razones incomprensibles me confunde con Hernán, aunque Hernán se encuentra muy lejos y desde hace mucho tiempo no sabemos nada de él. Julia lo sigue recordando, sin dudas, y esto, acompañado por el dolor que me ocasiona su confusión, me han llevado a odiar el recuerdo de Hernán. Nada personal, me digo, pero sé muy bien que esta es una manera velada de odiar a Hernán.
Creo que son diez o quince años que no lo veo. Mamá tiene vacíos temporales que sustituyen la memoria. Ella, generalmente, lo recuerda tácitamente, con miradas, con suspiros, con alguna lágrima furtiva, evitando que yo la vea. No puedo evitar que esas expresiones mellen mi tranquilidad y resignación.
La verdad, la desaparición de Hernán fue un beneficio para mi vida, una regalía que no tiene nada de mezquino si consideramos que Hernán representa lo opuesto a mí mismo. Por añadidura me llegó Julia, sus besos y caricias, su cuerpo, sus pensamientos. Algo me dice, sin embargo, que no poseo todo de ella. Me falta su alma, esa alma que todavía recuerda a Hernán. ¿Cómo combatir a un rival invisible, habitante de los recuerdos, de las miradas y de los suspiros? Con todo, mi vida es apacible, de una tranquilidad envidiable. La rutina hace que uno se convierta en un ser mezquino e innoble, aspirando sólo a mantener su statu quo sin que nada interfiera. Debo aclarar que este estado de vida conviene a mis necesidades básicas, desdeñando todo lo demás. No soy excluyente con respecto a los recuerdos, pero mientras más lejos esté la memoria de Hernán, más tranquilo y a salvo me siento.
Pero esto es aparente. Hernán todavía vive dentro de mí como vivía en otro tiempo, cual parásito asqueroso. Me alegro de que se haya ido de nuestras vidas, aunque esto no sea un pensamiento noble. Pero, ¿quién me exige nobleza de pensamientos? Julia ignora todo. Mamá intuye algunas cosas, aunque difícilmente pueda comprobarlo. En una palabra, estoy a salvo.
Julia me llama Hernán. Es una confusión suya, pienso. Julia amaba de veras a Hernán, todavía no lo olvida. He hecho lo imposible por arrancarle el recuerdo, pero aún sigue vivo. Supongo que Hernán está en otra ciudad, en otro país, qué sé yo. Durante estos diez, quince años, he recibido dos o tres cartas suyas, todas fechadas en ciudades distintas, en países distintos. Buenos Aires, Montevideo, Madrid. Supongo que está en España. La verdad, no tengo ninguna seguridad, aunque mamá tiene la intuición de que Hernán está más cerca de lo que imagino. No sería raro encontrarlo de repente en la calle, pero yo lo dudo. De ser así, ya hubiera aparecido.
La lejanía de Hernán me entregó a Julia, lo cual debo agradecer profundamente, ya que Julia representa para mí un sueño hecho realidad. Mujer como ella es difícil de encontrar. No es una belleza común, una modelo de revista, pero sí una mujer apreciable y valiosa como ser humano. Si sólo dejara de llamarme Hernán…
Una manía suya, pienso. A veces mamá también me llama Hernán, confundida y dejándose llevar por el ejemplo de Julia. Creo que cambiaré mi nombre para evitarles la molestia de tratar de recordarme y dejaré de ser yo para convertirme de una vez por todas en Hernán.
He tomado este acuerdo pensando en el bienestar de la familia, para evitar dolores innecesarios.
Finalmente lo he hecho. Un sencillo trámite de dos meses en el Registro Civil, unos cuantos papeles, algunas omisiones, una firma falsa, una fotografía para el carné, la fecha de nacimiento de Hernán, etcétera.
Ahora oficialmente me llamo Hernán. Tengo carné nuevo, cara nueva, carácter nuevo. Ahora soy Hernán, finalmente.
Cuando llegue esta tarde a casa seré recibido como Hernán y nadie mencionará mi nombre. Se habrán olvidado de mí.
Sólo espero que Julia algún día me recuerde como antes se recordaba de Hernán, y tal vez entonces, llevado por el mismo instinto de salvar la salud mental de la familia, el nuevo Hernán decida cambiar su nombre y tomar el mío como disfraz.

Santiago, 12 de octubre de 2005
Dibujo: Marco Antonio Sepúlveda